Vladimir Médem - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Vladimir Médem

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Vladimir Médem


Por: Manuel Levinsky

En el transcurso de su prolongada historia, la judeidad de Europa Oriental produjo numerosas personalidades. Esos hombres surgieron de todos los estratos sociales. Cada uno de ellos aportó algo de lo suyo al gran mosaico del judaísmo universal. Entre estas personalidades destaca, íntegra la figura de Vladímir Médem, líder de la Unión General de Trabajadores Judíos de Rusia. Lituania y Polonia Bund, que dedicó a este movimiento los mejores años de una vida prematuramente truncada.
Vladímir Médem nació en julio de 1879 en Letonia, que formaba parte de la Rusia de los zares. Su hogar era totalmente asimilado. Su padre David Médem, decidió convertir a su familia a la religión ortodoxa rusa para conservar su cargo de Consejero Real de la Academia Médica Militar de Rusia. Al niño Vladímir, así como a sus hermanos los hicieron bautizar, abriéndose para ellos las perspectivas más tentadoras como miembros de la minoría acomodada de Rusia del Zar. Nada tenían en común con el judaísmo.
Durante su infancia y hasta la primera juventud, Vladímir creyó que era cristiano tanto él como toda su familia. En la educación de todos ellos fue preponderante la influencia materna. Paralítica, inmóvil en un sillón, era el núcleo de toda la familia. Vladímir en el libro de sus memorias publicado en Varsovia en 1929, relata: Mi madre sentada en su sillón del comedor y delante de ella de pie, una viejecita judía, llamada Leike, conversaban en idioma idish. Yo tenía siete años y recuerdo que cuando entraba mi padre, Leike desaparecía instantáneamente. Lo que más impresionó a Vladímir fue el ritual eclesiástico cristiano que conoció desde que fuera chico. Solía conmoverlo profundamente las lúgubres plegarias en los solemnes días de cuaresma y la noche de pascua, con su ceremonial sobrecogedor y su repicar de campanas.
Al cumplir los cinco años, el ordenanza lo llevó por primera vez a la iglesia, a la que siguió asistiendo desde entonces con regularidad. A los nueve años ingresó al colegio. A medida que iba creciendo, sentía más el contraste entre su hogar y el Liceo de la municipalidad de Minsk. Odiaba al colegio puesto que era en la Rusia de fines del siglo pasado, una verdadera prisión. El Liceo de Minsk dependía del circuito escolar de Vilna. Cuando Médem cursaba el tercer año, entró en funciones un nuevo inspector de apellido Kosowski, que se convirtió en el terror de los alumnos.
Al morir su padre, su muerte significó un golpe para la familia. Con su desaparición cambió el modo de vida de los Médem. Por razones económicas debieron de mudarse de la mansión señorial a una vivienda más modesta. Nuestro personaje se lanzó a leer con ansia obras de Belinski, La Historia del Desenvolvimiento Espiritual de Europa de Drefer y a los clásicos rusos.
Por entonces encontró un buen amigo, Sacha, hijo del banquero judío Eliarberg. Este amigo independiente y resuelto que había viajado mucho, se convertiría más tarde en un escritor en idioma alemán. Vladímir pasaba con él todas sus horas libres. Los dos inseparables amigos solían conversar acerca de temas científicos, filosóficos y hasta religiosos. Sacha, que dominaba varias lenguas europeas, le descubrió nuevos mundos en la literatura y el arte. En la primavera de 1897, Médem terminó el Liceo con medalla de oro.
Una vez graduado en Minsk, nuestro personaje se trasladó a Kiev, en cuya universidad ingresó a la Facultad de Medicina. Después de un tiempo, resolvió abandonar esa carrera para seguir la de Derecho. Fue allí donde conoció más cerca la vida de la juventud estudiantil. Hizo amistad con estudiantes judíos y empezó a experimentar una atracción y a reavivarse en él la nostalgia hacia el judaísmo. Dos elementos lo impulsaron por esa dirección: la mayor intensidad de la vida social que percibía entre el estudiantado judío y por la Biblia, pese a la pérdida de la fe religiosa gracias a sus valores estéticos. Llegó a interesarse por la lengua hebrea y tomó lecciones con un maestro judío vecino suyo.
Vladímir fue el único de toda la familia de David Médem, que retornó al viejo tronco judío. Sus hermanos y hermanas se integraron en el mundo cristiano y permanecieron en él. Nuestro personaje por el contrario ingresó en la organización de trabajadores judíos Bund que acababa de crearse.
En 1899, participó en una huelga estudiantil por lo cual se le expulsó de la universidad. Tras pasar varias semanas en la cárcel, se le envió bajo custodia policial de regreso a su ciudad natal Minsk. De vuelta a su hogar, las campanas repican como siempre los domingos, pero el joven rubio de pálido rostro alargado ya no es el estudiante despreocupado de otros tiempos. Una fuerza indefinible lo lleva desde su apacible vivienda hacia las callejuelas polvorientas del barrio judío. Recorre las veredas rotas y podridas junto a casuchas míseras y ruinosas. La jornada veraniega es interminable y agotadora para el zapatero doblado sobre la horma en su taller del sótano, para la obrera en el altillo estrecho donde se oye el golpeteo monótono de la máquina coser y para el trabajador en la fábrica, desde la cual se expande el hedor de los cueros mojados tendidos para secar.
En el solitario dormitorio de Médem, la lámpara del escritorio sigue encendida hasta pasada la media noche. La luz cae sobre un tomo de El Capital, de Carlos Marx y junto a esta obra, la Biblia, cuyos tomos lee con pasión.
Frecuentemente en su deambular por las humildes calles judías de Minsk lo acompañaba Isaac Tumin, amigo suyo y buen conocedor de la vida judía. Cierta ocasión, en una tarde húmeda de octubre, ambos amigos entraron en una sinagoga repleta de fieles. Era la víspera de Yom Kipur. Médem habituado desde su más temprana infancia a la liturgia cristiana, se sorprendió por el apasionamiento y la intimidad orientales de las plegarias judías. Médem se sintió conmovido. A su regreso, encontró junto a su puerta gendarmes que lo esperaban para llevarlo a prisión, pero a las dos semanas ya estaba otra vez en su casa.
Desde entonces se produce la integración de Médem en el movimiento obrero judío. Se afilió formalmente a la organización bundista y comenzó a tomar parte en tareas activas. El comité bundista, encomendó a Médem el primer trabajo literario para el primero de mayo de 1900. Lo hizo muy inspiradamente en un idioma ruso accesible. Ese manifiesto se imprimió con la firma del Comité de Trabajadores de Minsk. A falta de una imprenta se tiraron muchas copias hectográficas. Como hijo de una familia burguesa ilustrada, conoció por primera vez al hombre del pueblo judío y quedó impresionado por su gran capacidad de resistencia espiritual y su abnegación en la lucha contra el zarismo. En abril de 1901 durante el Cuarto Congreso de su partido, Médem no pudo tomar parte, nuevamente estaba preso por sus actividades políticas. Convertido en un revolucionario profesional, comenzó para él, un periodo de duras pruebas. Los momentos que pasaba en libertad se convirtieron en meras y breves pausas entre un arresto y un nuevo periodo de encierro carcelario. Sin embargo, gracias a las relaciones de sus hermanos que alegaron razones de salud, fue puesto en libertad bajo fianza. Surgió entonces en la familia el plan de hacer huir a Médem al exterior. Al cabo de una larga noche en que deambuló junto a otros inmigrantes por bosques y lodazales, corriendo el riesgo de ser descubierto por las patrullas fronterizas, logró trasponer el límite que lo separaba de la libertad. Viajó sin pasaporte para llegar por fin pálido y desaliñado a Berna, capital suiza en los Alpes. Entre los exiliados se encontraban importantes personalidades de las letras judías y rusas. En Berna, Médem se encontró personalmente con Plejánov, padre del marxismo ruso, cuyas obras había devorado cuando joven en Kiev.
Sus primeros encuentros con los principales teóricos del movimiento lo decepcionaron. Lenin, por ejemplo, que vino a Berna a dictar una conferencia, le pareció un tanto gris y apagado. Sólo más tarde comprendió que la fuerza de Lenin no residía en sus dotes oratorias. Cuatro años duró el exilio de Médem. En noviembre de 1905 recibió un mensaje de su partido para regresar a Rusia. Médem viajaba frecuentemente a diferentes países de Europa dando conferencias. Era un magnífico orador. En Londres, la ciudad de Europa donde había libertad de expresión, se realizó el congreso del Partido Social Demócrata Ruso y Médem representó a la delegación bundista.
Afines de junio de 1913, Médem regresó a Kovno, donde sus parientes lo recibieron cálidamente. Al quinto día de permanecer con su familia recibió la visita nocturna de la policía. Todos los esfuerzos de sus hermanos para obtener su libertad fracasaron. El 3 de mayo de 1915 tuvo lugar el proceso de Médem. La condena consistió en despojarlo de todos los derechos cívicos y cuatro años de trabajos forzados.
El 4 de agosto, día señalado como último para la ejecución de nuestro personaje, los rusos empezaron a abandonar la ciudad. Los calabozos vibraron con gritos de júbilo. Los presos fueron liberados. Médem salió de la cárcel más enfermo que nunca, pero con una gran reserva de energía. Gran parte de ese vigor la dedicó a la construcción de un sistema de escuelas primarias judías y hogares infantiles en Varsovia. En 1919 al terminar la ocupación alemana, había ya en Varsovia 13 escuelas judías.
A principio de marzo de 1917 llegaron a Polonia, las noticias de la revolución rusa. Todos sentían que una nueva era comenzaba. Cada día, su anhelo era sumarse al gran estallido revolucionario y combatir por la liberación junto a sus camaradas. No le dieron permiso de emigrar y el viaje a Rusia se frustró. Pero no su ánimo y con redoblado vigor se lanzó a la labor partidaria del Bund.
A raíz de su intenso trabajo, le atacó una enfermedad en la que sus piernas y manos se le entumecían con punzantes dolores. La debilidad física sumada a la depresión y discrepancias con sus antiguos camaradas, lo hicieron pensar en viajar a Estados Unidos, donde existía un gran movimiento obrero judío. Médem arribó a Nueva York en enero de 1921. En el puerto lo esperaba una delegación encabezada por importantes personalidades. Fue recibido en la redacción de periódico idish Forverts. Una gran multitud del quehacer social se congregó para saludar al incansable luchador cuyo nombre estaba ya circundado por una aureola de leyenda. Su presencia despertaba entusiasmo en organizaciones, centros culturales y sindicatos. El 24 de abril de 1922 publicó un interesante artículo sobre la revolución rusa. Finalmente su enfermedad hizo crisis y en una mañana brumosa y gris tuvo dificultad para respirar. En el delirio revivió su pasado: cárceles, asambleas, congresos, hogares para niños desamparados, escuelas.
Médem murió el 9 de enero de 1923 en Nueva York. Los trabajadores de Varsovia construyeron el sanatorio Vladímir Médem para atender a los niños de los barrios humildes de Varsovia. Este nosocomio fue arrasado junto con los niños que lo ocupaban en la sanguinaria ocupación hitleriana.

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