Un poco de moralina - Intelecto Hebreo

Son las:
27/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Un poco de moralina

Colección y Consulta
Un poco de moralina
 
Por: Willy de Winter
         
Hablaré algo de la superación personal y su gran enemigo: la depresión. Parece que en la actualidad, todos quieren ayudar al prójimo con las mejores recomendaciones del mundo, en libros, periódicos, revistas, la radio y la televisión. Las librerías tienen anaqueles y anaqueles que orgullosamente llevan el letrero de «Superación personal» o en inglés «Self-improvement». Tal vez las intenciones sean buenas, pero muchos artículos no llevan más que un fuerte interés económico propio, y la pregunta sigue subsistiendo: Cuando después de haber leído tales artículos o libros... ¿realmente usted habrá logrado vencer a la adversidad y sentirse el rey de la creación? ...Pero qué bueno que además de ello, contamos con doctos psicoterapeutas y el dichoso medicamento «Prozac».
Pensando en los diferentes avatares en que se presentan las condiciones humanas, creo que es importante llegar, sin rodeos, al meollo de lo que es el pesimismo. Hagamos una distinción.
Hay dos clases de contrariedades en la vida. La primera es la pena imposible de componer. Puede ser la muerte de un ser querido, un divorcio o la pérdida de un empleo. El efecto en uno puede tener el tamaño de una calamidad. La depresión o el sentido de impotencia frente a tal clase de pena profunda podría ser enorme.
¿Qué hacer?
Cuando un ser querido pasa a mejor vida, la manifestación empática de los demás, en general, es siempre bien intencionada pero, en muchos casos, no se llega a compenetrar en los sentimientos íntimos de la persona afligida. La gran pena, la lleva uno en su corazón por mucho tiempo o hasta para siempre. En vista de que cada uno asimila una gran pena de acuerdo con su carácter personal, el pariente o el amigo, que quiere extenderle la mano de ayuda, se siente a menudo incapaz. A la persona muy afligida, le podemos desear fuerza o resignación, pero los sentimientos de uno a otros son tan distintos, que en vano nos esforzamos para tender un puente de entendimiento. Hay seres que lloran tres días y tres noches y experimentan así una clase de catarsis, para asimilar la tristeza. Es una forma de purificación. Otros se encierran en una reflexión callada; un tercero se vuelve hiperactivo y un cuarto busca las más variadas distracciones para combatir los malos espíritus, para decirlo así. Por ello es tan difícil consolar a un prójimo, cuando tiene que enfrentarse a una situación inevitable. Generalmente se dice que el «tiempo» es la mejor medicina, y hay mucha verdad en tal máxima.
Pero ¿qué pasa en caso de que la pena no es más que un contratiempo más o menos grande, pero remediable?
Pensemos en un malestar pasajero, una gripe, una disputa con otra persona, una reprimenda recibida, un problema que podría ocurrir pero que todavía no se ha materializado, un simple estado de pesimismo, una hipersensibilidad por algo que no es más que un detalle, un agotamiento físico o moral... Abundan las situaciones de este tipo, y aun cuando sea reparable, la tristeza o el «estrés», el efecto en ese momento, puede ser de igual consecuencia desastrosa que, por ejemplo, la muerte de un ser querido.
Especialmente en esta situación, el hombre debe recurrir a sus valores, poner en una balanza lo positivo y lo negativo y sacar adelante todo su ser. Es fácil decir, pero con frecuencia es casi imposible seguir luchando por la vida.
Llegamos a la palabra esencial de este artículo: que es «lucha». Desde luego no me refiere a la violencia física, sino a la lucha intelectual, la lucha moral.
Para combatir un mal, lo primero que hemos de cuantificar es nuestra energía, que es otro concepto básico dentro del cuadro. A pesar de que todos sabemos qué es, no logramos manejar nuestra «energía», a pesar de que todos los libros de «Superación personal» señalan que nosotros mismos podemos incrementar la energía a niveles insospechados, casi por autosugestión. Se comprende que un futbolista lastimado en la rodilla, puede curarse mejor, continuando sus ejercicios para mantenerse en óptima condición física. También intelectual o moralmente, un hombre mediante el autoanálisis, es decir, acudiendo a los valores que están dentro de su ser, es capaz de vencerlo todo. La mayoría de nosotros contamos con muchos más valores de lo que pensamos. Sólo es cosa, de identificarlos.
Uno de tales valores es el sentido del humor. No para todo el mundo, el sentido del humor es un valor positivo. Particularmente el hombre judío ha sabido aquilatar el beneficio de este sentido, en condiciones muy difíciles. La vida es una sarta de contratiempos y éxitos. La clave está en reducir los contratiempos a su nivel mínimo y multiplicar los éxitos por diez.
El sentido del humor pone todo lo cotidiano en una perspectiva de relatividad, que se traduce en un «desestresamiento» -un neologismo que se explica por sí solo-. Hay muchas otras formas de «desestresarse». Unos recurren a la escritura de una novela, otros buscan solaz en la bella música, se puede pintar, se puede hacer poemas y también hay personas, como su humilde servidor, que buscan su bienestar en el ajedrez. Pero invadiendo todo el ambiente, es el humorismo que, como la sal, que da sabor a cualquier alimento insípido y, por lo tanto, nos «desestresa».
No resisto la tentación de contarles un chiste, simple y tal vez conocido, pero si con ello le provoco al lector una sonrisa, habré logrado el propósito de desenterrar uno de los valores que aparentemente no tienen importancia, pero que a mi modo de ver, ahuyenta los mil y un fantasmas que nos pueden acechar desde los rincones más tenebrosos de la vida. Ahí va...
>>>>><<<<< 
Un hombre de edad avanzada visita al psicoterapeuta.
-Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? -pregunta éste.
-Tengo un problema grave, doctor -contesta.
-¿Está usted enfermo?
-No, no, nada de eso, se trata de mi padre.
-¿Qué tiene su padre? ¿Qué edad tiene su padre?
-Pues, tiene noventa y cinco años.
-¿Noventa y cinco años? ¿Y qué le pasa?
-Pues, le voy a explicar. Cada vez que toma un baño de tina, se lleva al agua un osito de peluche.
-¿Y dónde está el problema, dice el terapeuta -Me parece perfectamente comprensible que un hombre de noventa y cinco años, lleve un osito de peluche al baño.
El otro, pegando con sus puños sobre la mesa grita: -¡Pero el osito de peluche es mío, mío, mío!
>>>>><<<<< 
          Espero que con este cuentecillo, de repente cambie su estado anímico, de grave a ligero, y que le dé esa deseada energía para no tirar la toalla, ni siquiera una servilleta.
Termino con una observación bien intencionada: «Deben resolverse los problemas de día». En la noche el «resolver problemas» es prácticamente imposible y el efecto negativo puede aumentarse: el cansancio no le ayuda, la oscuridad le envuelve en un gran aislamiento. Por ello, me permito aconsejarle, querido lector, que trate de resolver el problema de día, cuando brilla el sol. ¡Estoy seguro de que lo logrará!
 
Fin de la aplicación de mis gotitas de moralina, o como se dice, en lugar de la frase escueta: «Aplican restricciones» diría «Aplican inyecciones».
 
Regreso al contenido | Regreso al menu principal