Tzom Gedalia, Tzom Jaim, Tzom Itzjak - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Tzom Gedalia, Tzom Jaim, Tzom Itzjak

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Tzom Gedalia, Tzom Jaim, Tzom Itzjak


Por: Ariel Kleiman

Una cuestión ética. Unos meses después del incalificable crimen que segó la existencia de Itzjak Rabin, vimos la película francesa "La Carnada". Un par de jóvenes parisinos de clase media baja llegan a la conclusión de que en Francia no hay futuro para ellos, y que sus aspiraciones se materializarían si pudieran emigrar a los EUA. Como carecen de medios suficientes para lograrlo diseñan un plan práctico: después del anochecer la novia de uno de ellos fingirá ser prostituta y atraerá a ricos incautos, que podrán ser despojados de su dinero. Una de las víctimas resulta ser un escritor judío solitario, que en su domicilio no tiene ningún objeto de valor, ni dispone de dinero en efectivo en ese momento. Los jóvenes le amenazan de muerte para conseguir su propósito, y él comprende que si no logra razonar con ellos, el peligro es inminente. Así es que ensaya este argumento con uno de sus captores: "tú eres judío y yo también; un judío no mata a otro judío". Nótese que no ha apelado, en su defensa, al séptimo mandamiento, cuya condena al asesinato es genérica, absoluta y universal. La suya es una invocación más específica, basada en una afinidad de hecho: ser correligionario, o quizá, compartir el mismo origen étnico. Su intento de disuasión no prospera y muere por asfixia, sin que sus victimarios obtengan ningún provecho pecuniario de un crimen claramente innecesario.
Conciencia colectiva y respuestas éticas. Esta introducción viene a propósito de un tema fundamental: ¿cómo debemos relacionarnos los judíos entre sí, con base en nuestras tradiciones?
Una muy distinguida asociación judía de carácter voluntario, con propósitos humanistas y filantrópicos, la Bnei Brith, establece un conjunto de principios básicos que norman la conducta de sus miembros. Entre ellos destacan los principios de benevolencia, confraternidad, concordia, justicia, paz y verdad, que tienen un carácter esencialmente ético.
Esta expresión no es una afirmación obvia. Quiere decir, por contraste, que estos principios no son de carácter religioso ni de naturaleza jurídica. Ese mismo, el ético, es el sustento de los diez mandamientos, que hemos recibido colectivamente al pie del Monte Sinaí. Insisto: son proposiciones éticas; ni jurídicas, ni religiosas. Y mi opinión, reflexión o proposición, es que en las relaciones mutuas entre derecho, religión y ética, tres creaciones civilizadas, es esta última la que debe preponderar. Es la básica y la prioritaria para nosotros, por sobre cualquier otra pretensión.
Recordemos que hubo circunstancias de hecho, a lo largo de la historia de nuestro pueblo, que han exigido de respuestas éticas. El no responderlas, el permanecer en silencio, ha implicado una aceptación de facto, una resignación, o quizá una complicidad tácita. Ha sido como taparse los ojos o como "lavarse las manos" ante un hecho consumado.
Tomemos como ejemplo tres circunstancias de hecho que pesan sobre nuestra conciencia colectiva y que exigieron -o aún exigen- respuestas éticas. Las resumo brevemente.

Tzom Gedalia.
El día 3 de tishrei del año 586 antes de la era actual, (o quizá del año 582 según otras fuentes), fue asesinado Gedaliá, hijo de Ajikam, nieto de Shafán, en la localidad de Mitzpá, territorio de la tribu de Biniamín. Gedaliá había sido designado gobernador de la región de Judea por Nebujadnetzar, rey de Babilonia, conquistador de Jerusalem. El asesino no fue un babilonio, ni un amonita, ni un jebuseo, ni un samaritano. Fue Ishmael ben Netaniá, judío observante, que conocía los diez mandamientos.
El padre y el abuelo de Gedaliá habían desempeñado importantes funciones de gobierno durante los reinos de Josiá y de Ieoajim. Su familia tenía fama de prudencia y de moderación en asuntos de política. Gedaliá era una persona de amplias relaciones y de influencia en la opinión pública, antes de ser nombrado.
El móvil del asesinato, se piensa, fue el disgusto de un grupo de fanáticos, que no aceptaban contemporizar con los invasores babilonios, y que no tenían suficiente paciencia para esperar a que su dominio se debilitase o se corrompiese. De cierto modo fueron precursores de la actitud política beligerante que veremos después en Bar Kojbá. Veían en Gedaliá un individuo sumiso, un representante de la potencia dominante.
Tal fue el escándalo público al trascender la noticia de este asesinato, que un grupo grande de ex oficiales del ejército judío -que no habían sido deportados a Babilonia- acompañados por el profeta Iermiahu, huyeron a Egipto y se exiliaron allí, temerosos de que ese magnicidio fuese sólo el preludio de una cadena de asesinatos, tramados por judíos fanáticos extremistas.
Los cohanim de la época, que aún tenían un status importante, resolvieron que la responsabilidad y la culpa era de todos, no sólo de los fundamentalistas del momento, y así es que establecieron un día de ayuno colectivo, que se conoce históricamente como Tzom Gedaliá.
Se debe comprender que en aquellas épocas un ayuno era no sólo un acto de humildad y de aceptación de haber cometido un pecado, sino también una súplica de compasión divina. Si bien la transgresión al mandamiento bíblico era ya irreparable, los cohanim tenían suficiente cargo de conciencia como para exhibir públicamente al ejecutor del crimen y a sus instigadores. Asumieron así cierta responsabilidad moral, y trataron que fuese compartida por todos por igual.

Tzom Jaim.
A principios de junio de 1933, ocurrió otro magnicidio trascendente. En una de las playas de Tel Aviv, en la noche de un viernes, fue asesinado Jaim Arlozorov, nieto de un famoso rabino ucraniano, líder del sionismo obrero, auténtico estadista y diplomático. ¿Quién era? Licenciado en Economía, delegado ante la Comisión Permanente para los Mandatos de la Liga de las Naciones, periodista, miembro del Ejecutivo de la Agencia Judía, Jefe de su Departamento Político (equivalente a un ministerio de relaciones exteriores), hombre de visión y de acción, autor de un proyecto para el salvamento masivo de los judíos alemanes en vísperas de la tragedia. De no haber sido asesinado, él hubiera sido el líder del ishuv eretzisraelí a quien le hubiese tocado proclamar la creación de un Estado Judío en mayo de 1948.
Los autores del crimen no eran musulmanes, ni británicos, ni árabes. Tres miembros fanatizados de un grupo de ultraderecha, Brit Habirionim, que se oponía a la convivencia pacífica con la población árabe local, Abba Ajimeir, Abraham Stavsky y Tzví Rosenblatt, fueron identificados por la viuda del difunto. Sin embargo el juicio no fue condenatorio, gracias a la influencia del rabino Kook, quien persuadió a los miembros del tribunal británico de las ventajas de concederles un veredicto absolutorio por insuficiencia de pruebas.
La herida fue cerrada, pero -reconozcámoslo- sólo por fuera, no por dentro. Los rabinos no eran como los cohanim. No tenían el valor civil de asumir una culpa colectiva, la de la ideologización, la del fanatismo, ni de reconocer una transgresión fundamental a nuestro mandamiento bíblico: no matarás. No se formó un consejo rabínico para expedirse sobre esta tragedia, ni se decretó un Tzom Jaim.

Tzom Itzjak.
Hace unos años, no muchos, un 12 de jeshván, ocurrió el tercer magnicidio memorable en nuestra historia, que ha reabierto aquella herida interna. El asesinato de otro líder del sionismo obrero, el de Itzjak Rabin, primer ministro del Estado Judío, quien también seguía una línea de prudencia y de moderación en las relaciones internacionales. El asesino declaró haber sido inspirado por una presencia divina, y justificó su acto criminal con argumentos pretendidamente religiosos. Tampoco los rabinos de nuestra época tuvieron el valor civil de asumir una culpa colectiva, ni de exhibir a los instigadores intelectuales de una atmósfera contaminada de odios, ni de reconocer una transgresión fundamental a nuestros mandamientos bíblicos. Tampoco se formó un consejo rabínico para expedirse sobre esta tragedia, ni se decretó un Tzom Itzjak. Se ha convalidado con el silencio, y con la falta de decisión, un nuevo atentado contra nuestros principios éticos fundamentales.
Sería muy bueno que pudiéramos decir "la tercera es la vencida". Pero ¿sería ingenuidad o exceso de optimismo?

Reflexión final.
Si nuestro interés es que prevalezca la justicia, corresponde que, como pueblo, colectivamente, asumamos nuestras responsabilidades. Que no actuemos hipócritamente, que tengamos la honestidad de reconocer nuestros errores y la valentía de no guardar un silencio cómplice.
Los principios básicos del ideario de la Bnei Brith, antes mencionados, en su esencia metodológica son dimensiones de un concepto, que si no es más elevado que ellas, es más complejo. Me refiero al concepto de conducta ética.
Se pueden identificar -y especificar- dimensiones adicionales que ayudarían a normar nuestra conducta interpersonal y a perfeccionar nuestra idiosincrasia humana. Por ejemplo, la no hipocresía. No proclamarse públicamente como religioso observante y -simultáneamente- violar alguno de los diez mandamientos. No exhibirse como jurista y conculcar derechos. O en un ámbito muy diferente, como fue el caso de la Shoá, proclamarse raza superior y cometer actos perversos, criminales y desnaturalizados contra otros pueblos. Etcétera.
Agradezco que se me haya permitido compartir estas reflexiones. Sería muy deseable que sirvieran para sembrar la semilla de una inquietud responsable. Y, a la vez, sería fundamental que no se las malinterprete, lavándose las manos y poniéndolas como un saco diferente al que he pretendido. Las invocaciones a la ética, vengan de quien vengan, corresponde que se traduzcan y se concreten en acciones específicas, no impregnadas de juridicidad o de religiosidad, sino de elevación moral.


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