Moses Mendelssohn - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Moses Mendelssohn

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Moses Mendelssohn


Por: Manuel Levinsky

En el último tercio del siglo XVIII, las estrechas callejuelas del ghetto se vieron inundadas por el torrente de la cultura europea. Las murallas del aislamiento social se desplomaron. El artífice de semejante proceso renovador fue el filósofo Moses Mendelssohn. Con él surgió del seno del judaísmo una luz brillante entre las tinieblas de la diáspora de entonces. Bajo el reinado de Federico II de Prusia, conocido también como Federico El Grande, surgió un desconocido, cuyo nombre llegaría a adquirir fama en el mundo judío y en el mundo gentil.



Moses Mendelssohn, cuyo nombre hebreo era Moshe ben Menajem Mendl, nació en Dessau, Alemania, el 6 de septiembre de 1729 Era hijo de un maestro de escuela y escriba de rollos de la Torá, de nombre Mendl, quien supo inspirar a su hijo el amor por el estudio de los conocimientos talmúdicos. Resultado de esa afición precoz por el estudio, fue una enfermedad de niño que lo dejó jorobado.
Pese a lo delicado de su salud, en el rigor más intenso del invierno era llevado antes del amanecer a la escuela. En ella iba a descubrir entre sus maestros a un hombre que le merecería un ilimitado respeto durante toda su vida, era el rabino local, David Frenkel, que más adelante llegaría a asumir dignidad de Gran Rabino de Berlín; un judío erudito auténticamente libre de prejuicios, quien halló en el pequeño Moses a su discípulo más fervoroso.
Los limitados medios económicos que disponía su padre parecieron excluir toda posibilidad de que Moses continuara sus estudios y tuvo que dedicarse a la labor de buhonero, recorriendo las aldeas con un hato de mercancía a cuestas para ganarse el sustento cotidiano. Pero el tesón extraordinario del muchacho superó todos los obstáculos y le permitió proseguir sus estudios. Sin embargo, un año después de su Bar-Mitzva, el jovencito Moses abandonó su pequeña ciudad natal en pos del mundo.
Una mañana del año 1743 se dirigió a Berlín. Siguieron años de la más amarga miseria para el muchacho de 14 años. Los sábados y en las festividades judías era su anfitrión su antiguo maestro, el rabino Frenkel, el que también solía proporcionarle la oportunidad de ganar unas monedas haciéndole copiar algunos textos. Sin embargo resistía sumido en la más desgarradora pobreza y aguijoneado por el hambre.
El jovenzuelo Moses había aprendido por su propia cuenta el alemán literario y leía con fruición cuanto material de lectura redactado en ese idioma caía en sus manos. Más adelante, sus protectores notaron la dedicación al estudio del talentoso muchacho y siguieron ayudándolo. Un maestro polaco le enseñó matemáticas, un joven médico de Praga, le dio clases de latín, un erudito también de Praga le enseñó inglés, francés y lo introdujo en la filosofía de Leibnitz y de Wolff.
Cuando tenía 25 años trabó amistad con Lessing, el escritor alemán más notable de su tiempo. El primer escrito alemán de Mendelssohn fue una defensa del drama de Lessing, Los Judíos, atacada por el antisemita escrito Michaelis. Su segunda obra fue Discursos Filosóficos que Lessing publicó sin el conocimiento de Mendelsshon y el tercer libro fue sobre el poeta inglés Pope, en colaboración con Lessing.
Estos trabajos de nuestro Personaje llamanron la atención de la intelectualidad alemana, pues era la primera vez que un judío utilizaba el alemán en una obra literaria y su estilo revelaba maestría extraordinaria. Además, las ideas estéticas y filosóficas expuestas en su obra colocaron a nuestro personaje en primera fila del movimiento filosófico alemán.

Mendelssohn era de escasa estatura, como orador a veces tartamudeaba. Contrastando no obstante con su cuerpo desgarbado, la cabeza hundida, revelaba la nobleza de su espíritu y la pureza de su corazón. Durante un viaje a Hamburgo conoció a Fromet, hija del comerciante Gúggenheim. Ella que lo admiraba por sus obras, no lo conocía y al verlo quedó perturbada, evitaba mirarlo. Mendelssohn le dijo: Seguramente se asustó usted porque soy jorobado, ella no contestó pero charlaron largo rato. Fromet le preguntó: ¿Usted también cree que los matrimonios son concertados en el cielo? Estoy seguro de ello contestó el filósofo, cuando nací yo, también pronunciaron mi nombre y el de la que sería mi mujer: Lástima de Dios; ésta tendrá también una horrible joroba, entonces dije yo: a una niña deforme, pobrecita, la vida le será dura y amarga. Una niña debe ser bonita, Dios mío, dame la joroba a mí y deja que la niña crezca grácil y bella. Apenas Moses hubo terminado de pronunciar esta frase, la joven Fromet lo abrazó emocionada accediendo a ser su esposa.
Se casó en Berlín en 1763 y convirtió su casa en centro social donde acudían los hombres más cultos judíos y no judíos de la capital alemana. En el mismo año, nuestro personaje ganó el premio de la Academia de Prusia a pesar de que el famoso filósofo Emmanuel Kant compitió en el concurso. Mendelssohn llegó al pináculo de la celebridad con Phaedón en 1767, que es un tratado sobre la inmortalidad del alma. Phaedón fue uno de los libros más leídos y más traducidos de la época y Mendelssohn no tardó en gozar de una gran reputación en toda Europa. Se le llamó el Sócrates alemán, tanto por su pensamiento profundo, como por su gran número de obras filosóficas.
Fromet le dio a su esposo muchos hijos, dos fallecieron en la más temprana edad, un varón sólo llegó a los 12 años. Quedaron tres varones y tres mujeres, los cuales recibieron una esmerada educación y la guía de excelentes maestros.
La salud de Mendelssohn siempre había sido delicada y contribuyeron a agravarla el agotador ritmo de trabajo y la insuficiente alimentación de sus años juveniles. Más los cuidados de su esposa y las visitas a las aguas termales de Pyrmont le permitieron restablecerse, pero el primer día del año 1786 debió guardar cama, era un invierno gélido y había contraído un fuerte resfrío y el 4 de enero de ese año falleció.
Su médico, el renombrado consejero real Marcos Herz, en su sepelio pronunció las siguientes palabras: Cuando acudí a su lecho de muerte, yacía sin la más íntima desfiguración, con la habitual amabilidad en los labios, como si lo hubiese besado un ángel. Solamente un hombre como él, con toda su sabiduría, autodominio, mesura y placidez espiritual pudo mantenerse a pesar de su constitución. Finalmente su corazón dejó de latir, pero la llama de su cultura y sus conocimientos arderá eternamente.

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