Los Sefaradim y el Holocausto - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Los Sefaradim y el Holocausto

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Los Sefaradim y el Holocausto


Por: José Brito (Tenerife, Esp.)

Muchos y muy buenos ensayos se han escrito hasta la fecha acerca del Holocausto,
ese espantoso período de la humanidad donde el hombre demostró, de forma fehaciente,
que es el mayor depredador existente sobre el planeta.
Depredador, incluso, con los de su propia especie.

Sería absurdo no reconocer que fue la rama askenazim del judaísmo, el sector que tuvo que pagar un mayor tributo en vidas humanas a la vez que soportar con mayor rigor las barbaridades y vejaciones que les infligieron no solamente los alemanes (habría que preguntarse, como en su momento lo hizo el Profesor Dr. Erich Goldhagen en su libro "Los verdugos voluntarios de Hitler", si todos en conjunto o solamente una parte), sino los grupos pro nazis que les apoyaban y ayudaban en su labor de total exterminio y sin los cuales su tarea hubiera sido, cuando menos, no tan sencilla de realizar.
No obstante lo anterior, creo que la "aportación", por llamarlo de alguna manera, sefaradí a tan horrenda devastación de la Casa de Israel, no ha sido suficientemente estudiada, ni investigada. Queda aún por investigar -en profundidad-, por ejemplo, la aniquilación, casi total, de los grandes centros del judaísmo sefaradí en Europa, así como de juderías, de mayor o menor rango, situadas en zonas del continente africano, de Asia y de Oriente Medio donde los "escabrosos tentáculos" del poder nazi trataron de esquilmar y a veces eliminar cualquier resto de judaísmo que encontraran a su paso.
Como he manifestado anteriormente, el tributo pagado en sangre por los sefaradim fue cuantitativamente menor que el pagado por sus hermanos askenazíes pero, en cambio, el aniquilamiento de sus juderías fue casi completo. Un estudio detallado, serio y conciso de este tema, nos llevaría a la conclusión de que el Holocausto fue pensado y dirigido al exterminio masivo de todos los judíos, sin excepción de ningún tipo. Todos fueron condenados de antemano por los nazis.
Sin embargo, si analizáramos detenidamente todo el proceso, nos daríamos cuenta que el traumático sentimiento de shock fue mucho más intenso en las comunidades sefaradíes que en aquellas que estaban situadas en la parte Este de Europa y mayoritariamente compuestas por askenazíes. Si nos atenemos fríamente a los hechos, a partir de 1.939 las comunidades askenazíes ya habían empezado a sentir, primero en pequeña escala, el peso y el rigor de la implacable política de exterminio decretada por el gobierno nacionalsocialista de Alemania. Es decir, estas comunidades tuvieron un "período de preparación", permítaseme la expresión, para la inmensa catástrofe que acontecería años después. En el Sur y Sur-Este de Europa, lugares en que, tradicionalmente, se habían asentado los sefaradim, todo ocurrió de repente, el sentimiento de pérdida instantánea fue mucho más intenso y doloroso. En una palabra, el trauma sufrido por los judíos sefaraditas fue mucho mayor y directo que el experimentado por sus correligionarios del Este europeo quienes ya estaban, en cierta medida, preparados para lo que se les venía encima tras varios años de tribulaciones.
Frente a la opinión esgrimida por determinados historiadores que sostienen que la matanza de judíos llevada a cabo por Hitler y sus secuaces tenía un cierto propósito racional, se trataba, según ellos, de despoblar el Este europeo para crear un "espacio vital" -lebensraum- para el Reich, cabría preguntarse si la eliminación sistemática de las juderías más emblemáticas del entorno sefaradí, como, por ejemplo, Salonika o Rodas, también respondía a la necesidad de crearse otro "espacio vital" hacia el Sur y Sur-Este del continente europeo. Desde mi punto de vista, la respuesta es clara: Existía desde el principio el deliberado propósito de deshacerse de todos los judíos, sin importar su adscripción a tal o cual comunidad o ritual litúrgico. Todos eran enemigos de un Reich programado para durar mil años. De acuerdo al universo nazi, los judíos eran la encarnación del mal, la antítesis de lo ario, es decir, de lo bueno, por esa razón todos, sin excepción, debían perecer.
Y para empezar a golpear en el sitio justo, era necesario empezar la operación de "limpieza étnica" (término muy en boga actualmente) por el Este, donde, según los demógrafos nazis, se encontraban las juderías, cuantitativamente hablando, más importantes. Consideraban que en el Este europeo se encontraba el corazón, las fuentes primigenias de donde se "nutrían" posteriormente las juderías askenazíes de Centro Europa. De hecho, el judío procedente del Este europeo -léase, especialmente, el judío ruso- era visto por los nacionalsocialistas como un objeto exótico, siempre barbados y con esos extraños rizos -peot- enmarcándoles el rostro.
Tan importante consideraban los nazis las juderías situadas en el Este de Europa que hacia el final de la contienda mundial un prominente miembro de su partido declaró: "Hemos perdido la guerra, pero lo más importante es que los judíos también la han perdido, porque al haber destruido las juderías del Este europeo, hemos destruido la parte más vital del judaísmo y de esta sensible pérdida la judería mundial nunca podrá recuperarse."
Para llevar a cabo tan siniestra y terrible tarea de aniquilamiento, los nazis supieron desde el principio que podrían contar con el apoyo de las poblaciones autóctonas, especialmente de ucranianos y lituanos (el caso de los colaboracionistas polacos merece, a mi modo de ver, un tratamiento especial). Para hacernos una idea de lo importante que fue la ayuda recibida por las hordas nazis de mano de sus, llamémosles, "aliados en la infamia", baste saber que cuando la orden de exterminio total fue dada desde Berlín, solamente 3.000 hombres fueron asignados para "limpiar" y dejar expedito el territorio ruso de cualquier tipo de judería que encontraran a su paso. Si tenemos en cuenta la extensión geográfica de Rusia, la cifra de 3.000 individuos a todas luces resulta escasa e irrisoria para llevar a cabo tan colosal labor de exterminio. Cuando los oficiales encargados de ejecutar tan "agradable" trabajo preguntaron a sus mandos el porqué de tan minúscula tropa, se les aseguró por parte de éstos que recibirían muchísima ayuda de la población local donde el elemento judío había sido siempre considerado como una especie de forúnculo que es necesario extirpar cuanto antes y, a ser posible, de raíz.
En lo referente a los sefaraditas, la situación era algo diferente. Asentados por siglos en la parte Sur y Sur-Este del continente europeo, en primer lugar, su importancia numérica, en comparación con la masa poblacional autóctona de los territorios donde vivían, era ínfima, después, tal era el grado de mimetismo y compenetración que estos judíos sefaraditas habían conseguido no solamente con el medio circundante sino con las personas no judías de su entorno, que los nazis al hacer sus estadísticas acerca del número de judíos que habitaban en la parte Sur de Europa, especialmente en países como Italia, Grecia o en la ahora ex-Yugoslavia, siempre dieron cifras sensiblemente superiores a las reales. El motivo era bien sencillo: admitían desde el principio que un porcentaje bastante alto de éstos judíos se hallaban escondidos, confundidos entre la población autóctona, que mayoritariamente, les protegía y, cuando era necesario, les ocultaba.
Esta particularidad es, desde mi punto de vista, muy importante y necesita ser explicada en su contexto. Los judíos que radicaban en la parte Sur de Europa, vivían y eran parte de una población que no había tenido tiempo de ser suficientemente "ilustrada" acerca del ideal de antisemitismo que, en ese momento, recorría Europa. En una palabra, era una población muy poca antisemita o, en algunos casos, como en Italia, rotundamente enemiga de cualquier doctrina basada en teorías étnico-biológicas. Esta es, a mi modo de ver, la gran y profunda diferencia entre las juderías establecidas en el Este y Sur de Europa, diferencia que los nazis supieron valorar desde el principio de su política de exterminio: en el Este podrían contar, y de hecho así ocurrió, con el apoyo y ayuda de la población autóctona, mientras que en el Sur, encontrarían, como mínimo, indiferencia hacia su política de "limpieza étnica" y como máximo, resistencia y múltiples impedimentos por parte de la población local.
Ello no quiere decir, en absoluto, que no hubieran personas que se prestasen a colaborar con los nazis en su macabra labor, pero, en términos comparativos, no fueron tantos como sucedió en el Este Europeo donde era bastante fácil conseguir que el conjunto de la población local cooperase con los nazis en la destrucción de las juderías asentadas en dichas poblaciones.
Hubo, sin embargo, un país donde las comunidades sefaraditas allí radicadas, tuvieron que soportar con supremo estoicismo el terror proveniente no ya de elementos aislados de la población civil sino de parte del Estado. Me estoy refiriendo a Yugoslavia...
La invasión de Yugoslavia por las hordas nazis se realizó el 6 de abril de 1.941 y desde el primer momento, la matanza de judíos fue generalizada. Tras la toma del país, los alemanes lo dividieron en varios distritos, quedando algunos de ellos directamente bajo control alemán. La zona de Bosnia, centro tradicional del judaísmo sefaradí en la entonces Yugoslavia, así como el territorio de Herzegovina quedaron anexionados a lo que se denominó el "Estado Libre de Croacia", liderado por el pro-nazi Ante Pavelic y su "guardia pretoriana", los famosos "ustachis". Los judíos radicados en la zona de Dalmatia corrieron con más suerte ya que este territorio fue ocupado por las fuerzas italianas. De acuerdo a testimonios facilitados por testigos, las barbaridades cometidas por los croatas -léase los "ustachis"- superaron con creces las cometidas por sus "maestros" los nazis.
El 16 de abril de 1.941, los alemanes entraron en la ciudad de Sarajevo y lo primero que hicieron fue, junto con sus "aventajados alumnos", los croatas, incitar a los habitantes de la ciudad, en su mayoría de religión musulmana, para que todos juntos saquearan la Gran Sinagoga Sefaradí -la mayor de los Balcanes- , conocida con el nombre de Kal Grandi y construida en los años 30"'. Lo que no pudieron llevarse, lo destruyeron o quemaron. Piezas bibliográficas de incalculable valor, tanto histórico como sentimental, fueron destruidas por estos modernos "bárbaros" emuladores de Atila. De semejante hecatombe, sólo pudo salvarse, gracias al coraje del director del Museo estatal de la ciudad, la famosa Hagadá de Sarajevo, obra magníficamente decorada y procedente de Cataluña, que algunos historiadores del arte datan en el siglo XIII mientras otros creen que fue confeccionada en el XVI.
El calvario de los judíos sefaraditas yugoslavos no se limitó solamente a la ciudad de Sarajevo, enclavada en territorio bosnio, sino que también afectó a otras comunidades situadas en Serbia y Macedonia. Fue precisamente en la ciudad de Belgrado, capital del país y situada en territorio serbio, donde el aliado de los nazis, Draza Mihaylovic, junto con sus secuaces, conocidos popularmente como los "Chetniks", tomaron parte más que activa en la persecución y posterior asesinato de numerosos hebreos. En el mes de agosto de 1.942, el territorio de Serbia fue declarado por los nazis como "judenrein", es decir, limpio o libre de judíos.
Otras comunidades sefaraditas, como la situada en la antigua ciudad de Dubrovnik o las enclavadas en territorio de Macedonia, éste último bajo dominio búlgaro después de la invasión nazi, también tuvieron que soportar su particular odisea que en muchos casos acabó en los campos de exterminio alemanes.
He hecho especial hincapié en los sefaraditas yugoslavos porque, desde mi personal punto de vista, su corta agonía (comparada con la larga experiencia soportada por sus correligionarios del Este europeo) bien fuera hacia los campos de exterminio nazis situados en los territorios orientales bajo su control, o en campos de concentración erigidos en sus territorios de residencia, fue "favorecida" por una institución que, tradicionalmente, ha tenido fama, no sé si justamente o no, de ser compasiva y estar siempre presta a ayudar, aunque sólo sea de palabra, a todos los que sufren o se encuentran en dificultades. Me refiero a la Iglesia Católica.


Uno de los libros que me ha sido de máxima utilidad para escribir este artículo, "Del Fuego. Sephardim and the Holocaust", ha sido editado, y en parte escrito, por una persona, el Haham Dr. Salomón Gaón, que me merece el mayor de los respetos y credibilidad. El Dr. Gaón, nacido en Travnik, pequeña localidad situada en el territorio de Bosnia, nos cuenta en este libro el rol que jugaron determinados miembros, algunos muy relevantes, de la Iglesia Católica en la eliminación sistemática de los hebreos asentados en la entonces Yugoslavia. Más aún, nos da nombres de clérigos y obispos que colaboraron con los invasores nazis. No contento con esto, aún va más allá: nos habla de la posible, según él, probada sobradamente, implicación del Papa Pío XII en toda esta ignominia. Los pasajes del libro que describen el comportamiento de estos tétricos personajes, pertenecientes todos ellos a la institución religiosa antes mencionada, hacia hebreos que se hallaban, cuando menos, en trance de ser deportados, son, como mínimo, sumamente esclarecedores y nos dan idea exacta de la catadura moral de estos individuos que anteponían, en algunas ocasiones, unos más que discutibles conceptos étnico-biológicos, y, en otras, antiguos convencionalismos y fobias de índole religiosa, a su verdadera misión, no ya como seguidores de una determinada doctrina basada, según creo entender, en el amor y ayuda a sus semejantes, sino como seres humanos que se encontraban frente a otros que necesitaban desesperadamente que se les tendiera una mano, no importa de quien fuera.
La destrucción de los principales y más emblemáticos centros del judaísmo sefaradí de Europa, como, por ejemplo, Salónica, Rodas, o, como hemos comentado anteriormente, Sarajevo o Belgrado, no fueron casos aislados. Ciudades europeas donde la presencia judeo-sefaradita ya no era tan importante, como en Amsterdam, Hamburgo o Viena, pero que en el pasado su importancia había sido transcendental para el desarrollo económico de dichas ciudades, especialmente en las dos primeras mencionadas, también fueron prácticamente diezmadas por las hordas nazis. Una gran mayoría de los miembros que componían estas comunidades fueron deportados hacia el Este, donde, posteriormente, serían aniquilados. Efectivamente, como ya he afirmado al principio de este artículo, el Holocausto incluía a toda la judería mundial, sin distinciones ni matices. Todos debían perecer.
Mención aparte, como en su momento hice con Yugoslavia, merece el caso de Bulgaria. Los judíos se habían asentado en este viejo país europeo desde tiempos del Imperio Romano. Históricamente, una vez que dicho Imperio fue dividido, a los hebreos que quedaron en la parte Oriental, también llamada Bizancio, se les designó, y de la misma forma se les sigue denominando, con el nombre de romaniotas. Cuando se produjo el éxodo forzado desde la Península Ibérica, los sefaraditas que se asentaron en aquel país, al ser numérica y culturalmente superiores, cambiaron por completo el "universo" judío existente. Tanto los nativos romaniotas como la pequeña comunidad askenazim que centurias atrás se había refugiado en Bulgaria intentando escapar de los pogromos del Occidente europeo, fueron "absorbidos" por esta nueva "élite" sefaradí que siempre conservó un marcado acento español unido a una inextinguible nostalgia por todo lo perdido. Sentimiento éste que persistió en la mentalidad judeo-búlgara de raíz sefaradita por generaciones.
Hasta mediados del siglo XIX, la población judía de Bulgaria vivió sin ningún problema de tipo antisemita y su inserción en la sociedad búlgara era total. De hecho, el Gran Rabino Gabriel Mercado Almosnino, representante de los judíos en el Parlamento búlgaro, fue uno de los firmantes de la Constitución búlgara de 1.879. Las raíces del moderno antisemitismo en Bulgaria parece que arrancan con la toma del país por las tropas rusas en 1.878. Incuestionablemente, los rusos "exportaron" a Bulgaria su ancestral aversión y rechazo por todo lo judío, y aunque su estancia en este país no fue sensiblemente larga, al marchar ya habían dejado sembradas unas dolorosas semillas de odio y no-entendimiento entre judíos y población autóctona. Aunque, efectivamente, se registraron algunos episodios aislados de antisemitismo en el país a partir de 1.923, lo más duro e importante sucedería en la década de los 30' con el advenimiento del fascismo y la subsecuente crisis mundial. En Bulgaria, serían los movimientos político-sociales de matiz ultra-nacionalistas, como el de los "Ratnik", los que se encargarían de organizar la propaganda antijudía.
Poco a poco y bajo la influencia directa o indirecta del nacional-socialismo alemán, Bulgaria se convirtió en un país satélite del III Reich. En toda esta operación de "cambio de rumbo hacia el Eje", aparece la controvertida figura del Rey Boris III, salvador de judíos para unos, colaborador y "ayudante del verdugo" para otros. Sea como fuere, no hay que olvidar que fue precisamente durante el reinado de este esperpéntico personaje, exactamente en 1.941, cuando se promulgó en el país una legislación totalmente racista, fiel remedo de las famosas leyes de Nüremberg, y a la que eufemísticamente se la llamó "La ley para la defensa de la nación". De la misma forma y en el mismo año, también entró en funcionamiento un Comisariado para asuntos judíos que, bajo el mando de Alexander Belev, firmó en marzo de 1.942, un acuerdo con el delegado de Eichmann, el Haupsturmfürer Theodor Dannecker, según el cual deberían ser deportados a Polonia 20.000 judíos residentes en los territorios ocupados por Bulgaria en 1.941, es decir, una parte de la región de Tracia, en Grecia, una parte de la Macedonia yugoslava y la ciudad de Pirot, enclavada en territorio serbio. Pero como en estos "nuevos territorios" el número total de judíos no excedía de 12.000, los restantes 8.000 tendrían que ser "reclutados" entre todos los judíos residentes en el país. La aniquilación casi total de estas juderías, mayoritariamente formadas por sefaraditas, se efectuó en los campos de Birkenau y Treblinka.
En lo referente a la impasible actitud de los búlgaros ante todo este conglomerado de barbaridades, creo que es necesario indicar que muy pocos fueron, por no decir ninguno, los que se atrevieron a levantar la voz ante lo que estaba ocurriendo. Ciertos historiadores manifiestan que un sector del Parlamento de esa época, así como determinados intelectuales de renombre y los jefes de la Iglesia ortodoxa búlgara, se manifestaron en contra de las medidas tomadas por el gobierno tendentes a la aniquilación sistemática de los hebreos residentes en Bulgaria. Si ello fuera cierto, sus quejas tuvieron que haber sido formuladas tan en secreto que solamente han llegado a ser conocidas por estos historiadores que, según ellos, aseguran que existieron. Como certeramente indicara el escritor Vicki Tamir: "La nación huésped fue incapaz de concebir a la vez la igualdad social y el pluralismo cultural de los judíos". Este razonado punto de vista explica claramente el por qué la casi totalidad de los judíos residentes en Bulgaria hicieron "aliá" en cuanto se creó el Estado de Israel.
La labor de exterminio de todo lo judío no se circunscribió solamente al área europea. En zonas del Norte de África, como, por ejemplo Marruecos, Túnez o Libia, los nazis pretendieron, y de hecho lo lograron, imponer su selectivo criterio étnico-biológico.
Tras la invasión de Francia por los nazis, los protectorados gubernamentales de Marruecos y Túnez quedaron sujetos a las regulaciones del gobierno de Vichy. Sin embargo, es necesario admitir que los judíos radicados en Marruecos apenas fueron molestados. No ocurrió lo mismo con los judíos naturales de Marruecos que al comienzo de la guerra se encontraban fuera de su país de origen: a éstos el gobierno de Vichy los declaró apátridas. Basándose en un vago e impreciso argumento legal, el gobierno colaboracionista de Petain se negó a aceptarlos como protegidos dado que el gobierno de Marruecos no era independiente y, como tal, no podía actuar de forma independiente.
El gobierno de Vichy, apoyado por los alemanes, reunió a estos judíos marroquíes que se encontraban en territorio francés y, junto con otros correligionarios de distintas partes de Francia, los mantuvo prisioneros en el campo de concentración de Drancy. Con posterioridad, serían trasladados a Auschwitz donde, en su inmensa mayoría, serían aniquilados.
De todos es sabido la imperiosa necesidad que los alemanes han sentido siempre por el orden y la estadística. Gracias a estas dos "necesidades" y a las rigurosas listas de internos que preparaban, donde constaba una más que completa filiación de cada detenido, podemos saber, con todo detalle, nombres, lugares de procedencia, edad, etc... Por saber, también conocemos detalles más macabros como, por ejemplo, el número del convoy que los trasladaría desde Drancy a Auschwitz.
Todos estos judíos procedentes de Marruecos eran, en su inmensa mayoría, sefaraditas, asentados en este país por generaciones. Ciudades como Tánger, Tetuán, Casablanca o Fez, por citar algunas y donde la presencia judía se remonta a varias centurias, se ven reflejadas en estas listas redactadas con total escrupulosidad por unos individuos que pensaban que la historia y la razón estaban de su lado y que nunca se les "pasaría factura" por tanta barbarie cometida. Naturalmente, como he expresado anteriormente, era un Reich concebido para durar mil años.
Como individuo culturalmente curioso que soy, no he resistido, a la vista de las listas antes mencionadas, de hacer mi propia estadística con el único objeto de reafirmarme, aún más, en mi creencia de que todos los judíos, sin excepción de ningún tipo, estaban condenados desde el principio. Se trata de ver, de acuerdo a las edades de cada uno de los deportados, quien era el de más edad y quien el más joven. El mayor se llamaba Mesod Aknine, de 73 años y natural de la ciudad de Tánger; el de más corta edad se llamaba Michael Dray, de apenas un año edad y natural de Casablanca. Sin comentarios.
Podría seguir extendiéndome acerca de la suerte de las comunidades de judíos sefaraditas localizadas no solamente en el Norte y Nor-Este de África, como, por ejemplo, Túnez y Libia, sino en Oriente, tanto Lejano, Medio o Próximo, pero creo que con lo esbozado en estas someras líneas. El lector se dará perfecta cuenta de que al hablar sobre el Holocausto no solamente debemos mirar hacia el Este de Europa sino a cada lugar donde existió una comunidad judía capaz de ser alcanzada por los largos "tentáculos" del poder nazi. Las limitaciones de índole geográfica significaron solamente un obstáculo temporal para las pretensiones nacional-socialistas de erradicar tanto al judaísmo como a los judíos dondequiera que se hallasen. Ninguno estaba excluido de la fatídica lista.
Resulta, cuando menos extraño, que historiadores de la talla de Raúl Hilberg o Lucy Davidowicz, dedicados casi por entero a estudiar el fenómeno del Holocausto, no nombren o pasen por alto, el intento, por parte de los nazis y sus colaboradores, de eliminar las juderías, mayoritariamente sefaraditas, situadas en zonas diferentes del contexto europeo.
No debemos olvidar que ellos también forman parte del Pueblo, que ellos también son "Am Israel".
Por último, reflejar un pensamiento del Haham Salomón Gaón:


"La dimensión final de la Shoa no es solamente el inimaginable número de seis millones de personas asesinadas;
son las lágrimas que fluyen de los ojos de cada niño judío
al saber de los sufrimientos de su pueblo
en aquella terrible época."

Bibliografía.-
Del Fuego. Sephardim and the Holocaust. (Haham Dr. Solomon Gaón and Dr. Mitchel
            Serels. Sepher-Hermon Press, Inc. (1.995)
                        Bulgaria and her Jews. (Vicki Tamir). 1.979.
                                   The Jews of Yugoslavia. (H. Pass-Freindreich). 1.976.
                                          The Jews of Serbia: American Jewish Year Book. (I. Alcalay). 1.919.
                                                 Los judíos de España. (Historia de una Diáspora). Henry Méchoulan y otros. 1.993.
                                                         Destruction of the European Jews. Raul Hilberg. 1.961.
                                                                    Spain, the Jews and Franco. Haim Avni.

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