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27/09/2017
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Los judíos y las Cruzadas

Colección y Consulta
Los judíos y las Cruzadas
 
Por: Max Berry
 

A mediados del siglo XI, la situación en Europa es bastante mala: pandillas de bandoleros saquean las ciudades, los Señores se pelean entre sí. En 1073 un nuevo Papa, Gregorio VII, aprovecha la situación para negar al emperador romano germánico, el derecho de intervenir en las elecciones pontificias. Incluso le obliga en 1077, a arrodillarse delante de él en Canosa, y prohíbe a los Señores comprar cargos eclesiásticos. Es también hacia el Papa, que en 1081 el nuevo emperador de Oriente Alexis Comene, se dirige para solicitar ayuda a los cristianos de Occidente, ya que sus ejércitos fueron derrotados por los musulmanes.
Es una buena oportunidad para la Iglesia de Roma. Al contestar a esta solicitud, puede esperar tomar el mando de los príncipes de Occidente, recuperar la Iglesia de Oriente y aprovechar para seguir hasta Jerusalén, y volver a tomar a los musulmanes la tumba de Cristo. Gregorio VII no tiene el tiempo de llevar a cabo este proyecto, pero su sucesor Urbano II quien, en ocasión de un concilio reunido en Clermont, el 27 de noviembre de 1095, desencadena lo que se llamará más tarde la primera cruzada. Caballeros, monjes, gente del pueblo, llegados de toda Europa, dirigidos por los caballeros francos, Godofredo de Bouillon y Raimundo de Tolosa, se lanzan a la ayuda de los Bizantinos y a la conquista de Oriente.
Para financiar sus equipos y asegurar la protección de sus familias durante su ausencia, que será larga, los cruzados carecen naturalmente de dinero. El único lugar donde piensan poder encontrarlo, es en las arcas de los prestamistas judíos. Además la Iglesia les exonera de cualquier reembolso de préstamos anteriores. Pero eso no es suficiente: algunos se dedican al saqueo.
En el camino hacía Jerusalem los cruzados, sobre todo los de Alemania -pero no solamente ellos- desvalijan las comunidades que encuentran, robando dinero, oro, perlas y hasta las joyas de los muertos que desentierran. La llamada a la cordura por parte de algunos obispos, así como las protestas del Emperador Conrado III, "dueño" de los judíos, de nada sirven. A partir del 30 de mayo 1096 las comunidades de Colonia, Maguncia, Worms, Spire y Strasburgo, son saqueadas y masacradas; muchas veces a raíz de ofertas rechazadas de conversión. A veces para prevenir violaciones y torturas, algunas batallas desembocan en suicidios colectivos, como sucedió en Colonia y en Worms. En total treinta mil muertos en algunas semanas. Nunca había sucedido un hecho similar en el mundo, después de las masacres de Judea, mil años antes.
Al llegar a Tierra Santa, los cruzados encuentran detrás de los ejércitos seleukidos, unas cuantas comunidades judías correctamente tratadas por el Islam. El 15 de julio 1099 Godofredo de Bouillon, después de 5 semanas de asedio, se apodera de Jerusalem y masacra a todos sus habitantes. Junta unos miles de judíos en una de las pocas sinagogas todavía intactas, y le prende fuego. Los demás sobrevivientes, tomados con las amias en la mano se venden como esclavos a precios inferiores a los de los soldados musulmanes, para bien destacar su humillante inferioridad. En el sur de Europa el acontecimiento suscita tal traumatismo, que ciertas comunidades salen para Marruecos; otras exigen de los príncipes cristianos garantías para quedar bajo su tutelaje.
En 1146, frente a los problemas financieros y militares en el reino de los cruzados, Bernardo de Clairvaux predica una segunda calzada, prohibiendo sin embargo el saqueo de los bienes judíos. Para él, como para San Agustín y para San Gregorio el Grande, el pueblo judío tiene que ser protegido como testigo y "responsable" de la Pasión del Cristo. Tiene, por lo tanto que sobrevivir para seguir siendo denunciado como deicida.
La segunda cruzada, conducida por Luis VII y Conrado IV, empieza en forma mediocre por la toma de algunas islas griegas, y acaba lamentablemente delante de Damasco. En Europa vuelven las matanzas. Esta vez no son los príncipes los instigadores, ahora es el pueblo. Es el caso en Gloucester, en 1168, después en Semana Santa, toda la comunidad de Blois (cerca de París) acusada de beber sangre de los niños, es quemada viva. Ese mismo año Salah al-Din ibn Ayyoub, mejor conocido como Saladino, se adueña de Egipto, desencadena la guerra en contra de los Francos y se apodera de Damasco, antes de ser derrocado en 1177 en Montgisard y fracasar delante de Jerusalem.
En 1187, después de 15 años de esfuerzos, Saladino derriba el reino de los calzados, masacra a los caballeros, conquista Beyrouth y Jerusalem, arranca la cruz colocada en el Domo de la Roca y autoriza a los judíos a residir en estas ciudades.
Para retomar la ciudad a los musulmanes, se lanza una tercera cruzada en 1188, instigada por los tres principales soberanos de Europa: Federico Barbarroja, Enrique II Plantagenet y Felipe Augusto. Su financiamiento cae en gran parte a cargo de los judíos.
En 1188 el Parlamento inglés, decide subvencionar la nueva aventura votando un impuesto de 130,000 libras, cuya mitad le toca a los judíos, que representan menos de 25% de la población. Para hacer frente a estos impuestos los prestamistas judíos aumentan las tasas de interés, lo que incrementa aún más su impopularidad.
El 3 de septiembre de 1178, después de la muerte de Enrique II, su sucesor Ricardo Corazón de León, niega el acceso a Westminster a los judíos, que llegaron para ofrecerle unos presentes en ocasión de su coronación. Estallan motines con masacre de judíos. El día siguiente el monarca los toma bajo su protección, manifestando: «los bienes de sus vasallos son de él» y explica: «no conviene echarlos a perder».
Una vez en camino para la cruzada, a principio de 1190, un grupo de barones endeudados, conducidos por Ricardo Malebys, ataca la comunidad de York que, el 16 de marzo, se refugia en un castillo del rey que de todas formas la muchedumbre asalta. A la vez quema los registros de los préstamos conservados en la catedral. Al día siguiente, bajo la instigación de su rabino Yom Tov Ben Isaac, la comunidad asediada se defiende, prácticamente sin armas, después se suicida, para no tener que convertirse y evitar la tortura.
Acre es tomada por los caballeros cuando Saladino es vencido. La guerra se atasca, pues se pelea en la Ciudad Santa. Ricardo la quiere a toda costa. Saladino contesta que Jerusalem es de nosotros, tanto como de ustedes, por ser el punto de partida del Profeta para su viaje nocturno, y lugar de reunión de nuestra comunidad el día del Juicio. En 1191, para pagar el rescate que le exige el duque Leopoldo de Austria, quien ha hecho prisionero a Ricardo Corazón de León en su viaje de regreso, se les exige otra vez a los prestamistas judíos fuertes impuestos, a la vez que se les cancelan sus créditos.
Una tregua firmada en 1192, deja la costa y la ciudad de Acre a los cruzados del Imperio Latino de Oriente, autorizándolos a ir a rezar a Jerusalem. Siria, Jerusalem y Palestina, pasan al dominio de Saladino. Después de su muerte en 1193, Egipto pasa el sultanato a manos de su tío Al Malik al Kamil.
En la bulla «Sicut Judeis», el papa Inocencio III, como otros antes de él, prohíbe a los cristianos despojar a los judíos, de molestarlos en sus fiestas y de profanar sus cementerios. De hecho los saqueos de los bienes judíos, no dejan ya suficiente dinero para financiar las enormes necesidades: los cruzados ya ni siquiera tienen para pagar a los Venecianos el precio de la travesía del mar Egeo y del Mediterráneo. El principal representante veneciano el «dux» les propone entonces, enlistarlos para derrocar al emperador bizantino por su cuenta.
En 1204, los cruzados vueltos mercenarios, ocupan Constantinopla permitiendo a los Venecianos y a los Genoveses, abrir negocios en el mar Negro. Allí vuelven a encontrarse con mercaderes judíos.
El efímero emporio de Oriente, sin refuerzos de ninguna parte se muere, mientras los cruzados descubren las delicias del arte de vivir bizantino, fuente lejana del Renacimiento.

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