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27/09/2017
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Las batallas de los burros

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Las batallas de los burros


Por: Rab. Ierajmiel Barylka (Jerusalem)


Hace varios meses que mi correo electrónico se llena de preguntas de gentiles amigos (no necesariamente amigos gentiles) de varios países que desean saber qué pienso acerca del conflicto que la prensa no deja de relatar y fotografiar entre los judíos religiosos y los seculares, los observantes y los menos observantes en Israel.
Realmente no percibo en lo cotidiano ni siquiera señales de esa división. Ni en el medio ultra ortodoxo ni en la calle liberal. Ni en mi ciudad ni en otras. Todo lo contrario. Observo claramente como todos, sin distinción, comparten la vida agitada en este país y lo hacen participando, colaborando, cooperando, auxiliándose y en todas las áreas. También manifestando, gritando, defendiendo sus posiciones, escribiendo, discutiendo y vociferando en una sociedad donde el grito del disenso todavía está permitido, lo mismo que la manifestación pública.
Entonces, dirán ustedes: que o no veo lo que sucede frente a mis narices o como si fuera un político principiante, les deseo convencer que la prensa crea problemas que no existen y que es la culpable de la realidad que ella misma crea.
Pues no.
Hay una contienda no declarada que cada día se acentúa más, aparte de la que protagonizan los provocadores profesionales de ambos lados cuya conducta es desviada en todos los órdenes de sus existencias o van en búsqueda de la pantalla televisiva: Es la Batalla de los Burros, de los incultos, ignaros, legos, profanos, iletrados, indoctos, que existen en todos los sectores de la sociedad israelí sin excepción.
El bello relato talmúdico sobre Rabí Meir, "encontré una granada, comí su interior y arrojé la corteza...", es seguido por estas personas pero con una leve variable, "encontré una granada, eché su interior y me indigesté con sus cascaras".
Intentaré explicarme.
En nuestra época en la que el judaísmo se ha vuelto aburrido e intrascendente para las mayorías, en las que no hay diálogo con la historia, ni con la literatura ni con las fuentes, tampoco ningún sector de la sociedad conoce al otro lo suficiente como para poder aceptarlo. (Tampoco ninguno aporta nada de lo propio para crear uniones). Lo desconocido es siempre amenazante. Nadie ama lo que desconoce. Nadie tolera lo distinto.
Los últimos radicales judíos de Europa de los 60's y los 70's, sólo lo eran en cuanto, como Sartre lo enseñara, los otros lo señalaban. Aportaron pensamiento nuevo, pero no judío. Hoy día ni filósofos de su estilo surgen, ni siquiera los de fin de semana.
Es la lucha de dos fundamentalismos igualmente mesiánicos, uno laico, incrédulo, descreído, impío, que dice rendir culto al dios llamado paz, para que no le afecte sus nuevos modelos de vida, sin importarle el precio, contra otro no más religioso que en apariencias, que en nombre de las normas que dicen regir sus relaciones con la divinidad, pueden aplastar las que se refieren al hombre, sin preocuparse si son arrastrados en ese vaivén y se autodestruyen.
La batalla de hoy es entre quienes pugnan por una más rápida culturalización norteamericana contra otra vuelta de llave de los muros que los separan del medio y el mundo moderno. No toman de los Estados Unidos elementos de su libertad, de su división de poderes, de su democracia ejemplar, su pujanza y desarrollo sino los elementos más oscuros de su cultura decadente. No cerrar los muros para evitar la contaminación del ambiente externo, sino para impedir que la luz del exterior pueda iluminar la oscuridad mantenida por la fuerza por la falta de seguridad en la confrontación de su pensamiento.
Ambos han quedado sometidos, diluidos, como simples consumidores de sus propios productos, imposibilitados de conocer el del otro, sin líderes ni proyecto. Sin poder valorarse se humillan y logran ser humillados. A veces da risa ver sus manifestaciones. Unos violan la norma arrojando piedras en Shabat, contra la decisión de sus maestros, y los otros hacen comparsa provocativa para fotografiarse. Unos buscan telas para cubrir supuestas impudicias mientras descuidan sus familias y los otros se desnudan para que puedan ser cubiertos.
La lucha por el Shabat se parece más a la de dos sindicatos de comerciantes que buscan lograr pingües ganancias en época de recesión que a una lucha por principios, mientras unos y otros se olvidan de los principios que consagraron la jornada en la historia del pueblo.
Batalla de Burros, producto de educación desprovista de mensaje, o fruto de memoria apolillada y acomodaticia, que ni siquiera conmueve a la mayoría sumergida en el sopor de su propia indiferencia buscando su ventajita ocasional.
No hay empatía. No hay diálogo. La biblioteca judía está mutilada, aunque todos creen poseerla en su totalidad. No se comparten las alegrías. Sólo se gozan las cicatrices que el otro debe lamer en silencio. Unos lloran en el 9 de av sin ver el inicio de la reconstrucción, los otros se lanzan con sus patines por las calles casi desiertas de Iom Kipur para impedir el silencio que amenaza reencontrarlos. Ni siquiera se reúnen en Iom Haatzmaut, ni en Purim, no comparten la Hagadá, no leen los mismos libros, casi no hablan el mismo idioma.
No hay división en el pueblo, ni entre las personas, ni entre las familias.
Sólo una batalla de burros, que para ganar sus propias guerras se empeñan en no cultivarse, en evitar pensar, en quitarse compromiso. La batalla de los dogmáticos y los dogmas.
Fundamentalismos de ignorantes y de distraídos.
No hay guerra, ni la habrá, simplemente porque no hay causa.
En definitiva el problema no es de sectores, ni de los religiosos ni de los ateos, sino de educación.
El fin de la batalla se logrará cuando se produzca un proceso de desasnación. Cuando la imagen de seres humanos leyendo libros de su biblioteca y también de la otra mitad, vuelvan a ser populares, tal como lo eran en toda nuestra historia, reinará la paz, volverá la empatía.
La verdadera paz se logrará en la biblioteca, en el diálogo, no sólo el de la academia sino el del pueblo todo.
Ambos bandos deberán cruzar la calle para pedir ser ingresados en la del otro e integrar el conocimiento que lleva al amor.



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