La Madre Judía, La Bobe, La Shadjnte PI - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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La Madre Judía, La Bobe, La Shadjnte PI

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La Madre Judía, La Bobe, La Shadjnte PI
(Primera de dos partes)


Por: Becky Rubinstein

¿Qué tienen en común la madre judía, la Bobe y la Shadjnte? Es decir:
¿Qué tienen en común la madre judía, la abuela judía y la casamentera, judía, también?


Antes de responder, vuelco mis ojos a mi yo interno, y me pregunto -ya conocen ustedes el estilo judío de contestar con otra pregunta- qué tono adoptar: si el de la mera definición, si el de la anécdota fácil. O bien, optar por tomar mi bolsa, el saco y hacer mutis, huir adonde sea, lejos de presiones, reflexiones e invitaciones que nos hacen sudar frente al público. Si, señores, estoy hablando del explicable y lógico pánico escénico que algunos sentimos frente a las cámaras, el micrófono o similares.
Por otro lado, pienso, rápido, en las presiones de tiempo: tenemos poco y necesitaríamos de horas y horas para hablar de tan importantes personajes... Me doy ánimos, piensa y piensa en mi Bobe, en mi madre y en alguna Shadjnte en acción, literaria o de la vida real, roles que cualquiera puede desempeñar, si es que nació para ello. Finalmente adopto un tono ecléctico y, haciendo una linda "kashe" -mezcla comestible o simbólica propia de los judíos ashkenazitas con apetito, o algo confundidos- arranco con un monólogo, pretexto para un futuro diálogo, que espero no sea de perigrullo, ni de las Jelemer Asifes.
Mi madre, Sima Wolojviañsky, de jovencita fue estrella de la ópereta idish. Hay quien recuerda su magistral "Shulamis y Bar Kokva". Ella era, obviamente la inolvidable Shulamis.
Años después, no muchos, casó con mi padre Abraham Rubinstein, aficionado al deporte, al ajedrez, al teatro y a la literatura en idish y por más de cincuenta años linotipista, formador y posteriormente director del semanario idish "Di Shtime", ''La voz israelita". Fue entonces que la joven Sima, adoptó el rol de madre judía, la mía y la de mis hermanos... Yosi y Yoge. Y cantaba frecuentemente, lo tengo bien registrado en la memoria, la famosa canción "A Idishe Mame", casi un himno a las madres judías, dedicadas en cuerpo y alma a sus vástagos por quienes, si fuera necesario, arriesgarían, literalmente, sus vidas. Por cierto, dicha canción, creada en los años veinte por Jack Yellin en los Estados Unidos de Norteamérica, fue traducida a múltiples idiomas, también al castellano.
En la página 87 del libro Las Idishe Mame son un pueblo aparte, se responsabiliza a dicha canción "melodramática, ubicada en el límite de la sensiblería" de acuñar la expresión "idishe mame" con toda la ambigüedad que encierra".
Y termina la crítica. Y nos quedamos sin entender el porqué de la ambigüedad. Y nos rompemos la cabeza para entender. Decidimos, entonces, no rompérnosla y seguir adelante. Quizás, posteriormente, logremos asimilar el verdadero significado de tan ambigua sentencia.
Y continúo: mi madre, muy aparte de lo que firmen los críticos, fue la perfecta Idishe Mame: pensaba más en sus hijos, en su madre entrada en años, y en mi padre que en ella misma. Y de haber tenido que atravesar el fuego y el agua, para socorrernos, lo habría hecho. Mi hermana Yoge, plasmó en lápiz y papel la imagen de nuestra progenitora: un gancho de madera se ensarta a un cielo de papel, desganado. Del gancho pende un tronco femenino: es nuestra madre. Sus brazos flexionados, hablan de la tensión que sufre: no es fácil criar hijos. De sus brazos emergen dos platos de una balanza: la cargada de hijos vence a la otra: ella asume su destino como muchas, incontables, madres judías, nacidas judías o no.
Mi madre si que tuvo suerte: gozó de una "Altitshke idishe mame" -de una anciana madre judía- a quien cuidó, como entregada madre, porque, sabrán ustedes, que los roles, si Dios nos presta vida, se invierten y la hija se transforma en madre de su propia madre. O bien, en el mismo juego de roles encontramos que "Ven men hot an einikl, hot men tzvei kinder", es decir, "cuando se tiene un nieto, se tienen dos hijos", lo que equivaldría a esta recién inventada sentencia: "la abuela es dos veces madre", misma que se cumplió, al pie de la letra, en mi familia materna resulta: que mi madre, la medzinke, la "benjamina" nació cuando sus hermanas mayores estaban pariendo. A mi abuela Minke, eso cuenta la leyenda familiar, le tocó amamantar a su Simele y a su nieta Matle: su leche y su amor -de Mame y Bobo, rol simple y compuesto- fue ilimitado. Eso sucedió en el pueblo de Varanoviche, Rusia blanca, nutrido centro comunitario del ayer, hoy, tan sólo, como muchos pueblos de la judería oriental, muestra de un lúgubre y triste museo.



En época de la entreguerra, mi tía Jane, la hermana mayor de mi madre, mandó traer a parte de nuestra familia a México. Lejos del hambre y el nazismo mi abuelo Yankl el Katzev, carnicero Kosher, y mi Bobe Minke vinieron a suelo mexicano, a América, a trabajar, a ver por su familia y por los invitados que solían sentarse a su mesa y con quienes se comportaron, ambos, como Idishe Mames de Idishe Kinder adoptivos. Muchos recuerdan las comidas y cenas en casa de mis abuelos, especialistas en preparar Bursht, salami Kosher, y en repartirlo.
Mi Bobe, protagonista de algunas de mis historias de la "Casamentera", hizo Tzedaká, hasta el final de sus días, en el grupo de la Mizroje. Antes de morir, con casi un centenar de años a cuestas, tuvo a bien dejar las "cuentas claras", el dinero recaudado con sus correspondientes notas, dentro de una bolsa de tela blanca -forrada de plástico, muy en boga en los años setenta- donde resaltaba un papagayo de listón dorado y piedras verdes.
Y también dejó una Tzavoe, un testamento, en hojas a rallas y en su idioma materno, el Idish. Con experiencia en la vida y sabedora de la naturaleza humana, dejó su última voluntad por escrito: para la primogénita, Jane, dejó unas almohadas -para que descansara en ella tanto o más que ella-: para Yudis y Simke dejó sus collares de perlas. A Abreml, su hijo, legó su ropa de cama y una planta, un hule, habitante verde y frondoso del ventanal, amarrado, por cierto, con una cuerda para que creciera como se debe, derechito. A mí, me dejó sus candelabros traídos, junto a los demás enseres domésticos propios de una casa judía, de su pueblo.
Como podrán ver, pocas eran las cosas materiales en casa de mi Bobe. Porque todo lo daba: recuerdo una víspera de Shabes, cuando la acompañé a dejar víveres, carne, Jale y vino, éste último preparado por ella en el armario, donde más de una vez, las uvas fermentadas y metidas en un vitrolero explotaron, manchando paredes y techo de su pequeña recámara multiusos.
De seguro los beneficiados comieron y bebieron bendiciendo su nombre: el de Minke Wolojviañsky. Como tantos y tantos comensales que disfrutaron de sus Jales, Zamelej y pasteles de manzana y de miel. Y de sus Kartofl, según sus hijos, nietos y biznietos, quienes tan pronto llegaban a casa, corrían a la olla de las papas y, con la mano, las probaban y disfrutaban con gusto, como preludio a la cena sabática.
A los noventa y tantos años nunca encontramos la Metreshke, su acta de nacimiento, la abuela sintió que la "máquina" se había agotado. Eso nos dijo un viernes en la noche a quienes fuimos a visitarla, no en su lecho de muerte, sino en su lecho de vida. Tan sólo anhelaba "nit farshtern dem shabes", no morir y profanar el día sábado. Y falleció, como una Tzadeikes, como una justa, el domingo en la mañana. Y ese mismo día fue sepultada.
Durante la Shive, los dolientes se alimentaron de las delicias que la Bobe había preparado en vísperas del sábado. Ya entrado el Shabes, antes de despedirse, había madrugado y, en su pequeña cocina, preparó lo de siempre, aunque, en cantidades fabulosas. Como si presintiera que había que alimentar a los Aveilim, a los dolientes, en su propia Shive.
Incluso aquel día corrió a la modista: una de sus biznietas iba a comprometerse el domingo y ella debía lucir lo mejor posible: la Bobe siempre fue muy coqueta y le encantaban las telas que brillan: "Vos blitschen".

Continuará...

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