Janucá – Fiesta de luces - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Janucá – Fiesta de luces

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Janucá – Fiesta de luces


Por: Yerahmiel Barylka (Jerusalem)

La historia universal, al igual que la de los individuos, está signada por fuerzas materiales y espirituales que compiten entre sí. El reino de lo material se exterioriza en la economía, la guerra, la propiedad, la conquista, la agresión y el poder. El espiritual, en la cultura, el arte, la ciencia, la religión. El pueblo de Israel no tuvo como ideal convertirse en un imperio, conquistar naciones, iniciar guerras, pero, no ahorró en su historia energías para la creatividad, la ética, el espíritu, la fe, la ciencia. Tampoco renunció a satisfacer las necesidades terrenales de sus miembros. Recibimos una Torá de Vida, trascendente que es Árbol de Vida, etz hajaim, para asirnos a él. Con raíces en la tierra, con ramas que apuntan hacia las alturas infinitas.


La búsqueda de la armonía entre los dos componentes de la vida, no es simple. La relación dinámica entre los dos aparentes opuestos, aparece constantemente. La podemos apreciar en las festividades de nuestro calendario.
La relación con la naturaleza, por sí sola, no hubiera alcanzado para que el pueblo de Israel, continúe fuera de su territorio como entidad independiente y creativa, durante los dos mil años del exilio y la dispersión. La ausencia de relación con Israel, no hubiera posibilitado el surgimiento del nuevo Estado, sino hubiera habido otros componentes. El contenido espiritual del judaísmo, sirvió para potenciar la capacidad y el destino particular de un pueblo necesitado de elevación y también contribuyó a su identidad nacional.
En Pesaj, de la primavera y de la naturaleza, conmemoramos la salida de Egipto hacia la libertad. En Shavuot de las cosechas, repetimos anualmente la recepción de la Torá en el Sinaí. En la recolección de las cosechas de Jag Haasif, pasamos a residir en las cabañas frágiles del Éxodo.
Janucá, por cierto, no queda afuera de la dualidad integradora. Es fiesta de dedicación que se extiende por ocho días instituida por el macabeo Iehudá, quien después de derrotar a Lisias, ingresó a Jerusalem y purificó el Templo. Su elemento material es el triunfo militar sobre los helenizantes paganos, pero junto a él, el milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo. El encendido de sus candelas da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. Fue una lucha más que justificada, porque era por la libertad y el espíritu. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no es un objetivo en sí.
La fragilidad de las luces de Janucá se hubiera perdido frente a las llamaradas de la Edad Media, que hubieran apagado sus luces cuando debieron enfrentarse a los vientos de fronda de las guerras y los exterminios, si sólo hubieran perpetuado una victoria militar. Pero, hoy tampoco entenderíamos Janucá si le deseáramos quitar el recuerdo de esa lucha, si permitiéramos minimizar la festividad quitándole su historia o borrando la batalla, para resumirla sólo espiritual. Janucá es armónica combinación de una lucha material para obtener un resultado espiritual. La fuerza militar iluminada por la espiritual se dignifica y se justifica. El mundo espiritual debe ser defendido por el brazo del hombre que debe abandonar la comodidad de su hogar, las obligaciones laborales o sus estudios, para salir a defender la nación. Janucá nos dice que en ciertas circunstancias hay que tomar la espada y que nadie puede quedar exento de usarla.
No es suficiente invertir esfuerzos espirituales para lograr elevación espiritual. Hay que remangarse y unirse a quienes arriesgan su vida porque lo hacen por todos.
Janucá nos enseña que cuando hay que emprender la lucha por ingresar al Santuario, se debe usar el acero y que nadie está exento de ello. Janucá nos ilustra también que la fuerza por la fuerza no tiene sentido, que debe estar unida a la búsqueda de lo espiritual. Quien prescinde de uno de los ingredientes, excluye la esencia. Va contra la historia. Se enfrenta con la tradición. Corre el riesgo de agregar elementos desintegradores que puedan minimizar la grandeza de la unión.
En Israel independiente colocamos las tenues luces en las ventanas y en las puertas de nuestras casas para publicitar el milagro de nuestra existencia, al que contribuimos con nuestra presencia en ese escenario de la vida. En los países de la dispersión, la mayoría enciende los candeleros intramuros, hasta que llegue la hora en que no teman y que puedan participar en el prodigio de la autodefensa.
Quienes dejan que la salvaguardia de la vida sea realizada por los "otros", mientras se encierran en las casas de estudio o en los cenáculos del liberalismo egoísta disfrazado de pacifismo, o convierten la obligada defensa de la agresión de nuestros enemigos en una forma de agresión al otro, niegan Janucá. Y al hacerlo, contribuyen a nuestra extinción.
Los macabeos, con su gesta, allí lejos en el tiempo, aquí tan cerca con su presencia, nos dicen que debemos evitar que nos hagan abjurar de nuestra Ley, y que también hoy debemos tener la inspiración para luchar siendo minoría contra las mayorías, contra los impuros y los perversos, para poder iluminar nuestros hogares y nuestros atrios con aceite puro. Con toda nuestra fuerza. Con todos nuestros principios.


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