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27/09/2017
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Inquisición y cripto-judaísmo en Canarias

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Inquisición y cripto-judaísmo en Canarias


Por: José Brito (Tenerife, España)

El restablecimiento del cripto-judaísmo en las Islas Canarias data del primer cuarto del siglo XVII. La paz establecida en 1604 entre Inglaterra y España dio un gran impulso al comercio del azúcar y del vino procedentes del Archipiélago, en el que los "cristianos nuevos" de Lisboa, Bayona y Burdeos, entre otros, y los judíos de Amsterdam estaban muy interesados. Al objeto de vigilar sus intereses en este sector, varios de estos comerciantes visitaron las islas de forma ocasional y algunos se establecieron de forma fija en Tenerife y La Palma.
El número de residentes en ambas islas se vio sensiblemente incrementado a causa de un nuevo brote de antisemitismo en Portugal (entre 1612 y 1630 la Inquisición de Lisboa, Coimbra y Evora, celebraron no menos de 47 grandes autos de fe).

La nueva comunidad establecida en las islas diferían notablemente de la que la precedió hacia finales del siglo XV. Aunque todos fueron conocidos con el apelativo de "cristianos nuevos", los miembros que componían la primera comunidad eran, en su mayoría, judíos que no habían renegado formalmente de su fe y de condición social humilde; por el contrario, los recién llegados eran esencialmente de sangre portuguesa, ricos, cultos y aunque mayoritariamente bautizados, mantenían una inquebrantable adhesión a su fe proscrita. Aparte de conocérseles como "cristianos nuevos" también se les denominó "marranos o malditos".
Pese a la vigilancia y persecución de la Inquisición, no sólo habían conservado su judaísmo en secreto, sino que también habían "conquistado" a los portugueses y españoles al tomar esposas y maridos "cristianos viejos". En Portugal este tipo de matrimonios estuvo tan generalizado en esa época, que en el resto de Europa el gentilicio portugués era sinónimo de judío.
Aparte de matrimonios, también se realizaron muchas conversiones al judaísmo. Del judaísmo de aquella época podríamos decir lo que Lee dijo de la francmasonería dos siglos después: que "proporcionaba al espíritu moderno un refugio en el que desarrollarse a sí mismo contra el opresivo oscurantismo de la inquisición". Muchos cristianos viejos libre pensadores y ansiosos de encontrar horizontes más abiertos, se convirtieron de forma real al judaísmo. (La relación del auto de fe de Lisboa del 18 de octubre de 1541, se refiere a 59 casos judaicos de los que 25 eran "cristianos nuevos", 28 conversos al judaísmo y 6 "cristianos viejos").

Fue en 1625 cuando la Inquisición en Canarias, que había estado prácticamente inactiva cerca de 30 años, empezó a movilizarse contra los inmigrantes. En ese mismo año se promulgó, de forma solemne, un edicto de fe contra el judaísmo (posiblemente, copia de otro anterior emitido por el inquisidor Martín Ximenes en mayo de 1524). Debido a un buen número de denuncias y delaciones se reveló la existencia de una colonia de ricos comerciantes judíos en las islas. En 1626, de la ciudad de La Laguna, en Tenerife, se afirma que estaba "llena de judíos y herejes". Los herejes, en su mayoría protestantes ingleses y holandeses, seguían el ejemplo de los marranos al simular un escrupuloso catolicismo.
Las testificaciones y delaciones aportadas, nos ofrecen amplias y variadas informaciones sobre los nuevos colonos marranos y su "modus vivendi".
Entre todos ellos, dos se destacan. Se llamaban Antonio Fonseca y Fernán Pinto. El primero era natural de Oporto y miembro de una familia llamada Pina que había sido sumamente castigada por el rigor inquisitorial. En Coimbra, tanto él como otros miembros de su familia, entre ellos su esposa, fueron arrestados y juzgados por el Santo Oficio. Uno de estos familiares fue "relajado" (quemado), mientras que él, su esposa y su padre fueron sólo penitenciados y se les obligó a llevar "sambenito". El hecho de permanecer en libertad le permitió huir a Tenerife con dos de sus hermanos. Su esposa se le unió más tarde. Al tener familia en diferentes partes de Europa y América estableció relaciones comerciales con ellos enviándoles azúcar y vino, recibiendo a cambio, productos propios de los lugares donde residían sus familiares. No hubo denuncias concretas sobre sus prácticas judaicas y según parece, murió indemne en Canarias.

El caso de Fernán Pinto es, quizás, más pintoresco e históricamente interesante. Al igual que Fonseca, procedía de familia portuguesa ampliamente denostada y esquilmada por el Santo Oficio. También siguió la misma vía comercial que Fonseca. Sin embargo, su profunda identidad judeo-religiosa no fue tan bien disimulada y existen testimonios que hablan especialmente de su ardor proselitista.
Fue de los primeros en llegar a Tenerife y vivía en La Laguna. Uno de sus hijos, de nombre Manuel, murió en 1631 y fue enterrado como católico en el cementerio de la ciudad donde residían. En abril de 1632, buscando un ambiente más liberal, Fernán Pinto se traslada con su esposa a Flandes donde, poco después, se les reuniría su otro hijo Juan.
Aunque fue advertida de su intento de fuga al menos por cinco delatores, la Inquisición no dio ningún paso para arrestarlo. En 1635 la Inquisición, a través de sus espías, manifiesta que Pinto, junto con su esposa e hijo, habita en Holanda "viviendo en la práctica del credo mosaico" y que, asimismo, ostenta un alto cargo en la sinagoga de Amsterdam.
Se cree que se trata de Abraham Pinto quien, posteriormente, fue uno de los fundadores de la comunidad judía de Rotterdam.
Es curioso notar que, aunque estas denuncias fueron investigadas con diligencia por los inquisidores, en ninguna de ellas se abrió proceso.
La razón para ello es que dicha institución ya estaba en franca decadencia y no precisamente por disminución del fanatismo por parte de los tribunales, sino porque la doctrina de "mortal maldad de herejía", que había sido el fundamento de la Inquisición, estaba siendo lentamente minada por múltiples compromisos de tipo político establecidos entre el poder clerical y el civil.

A principios del siglo XVII, las relaciones del Santo Oficio con las autoridades tanto seglares como eclesiásticas, que nunca fueron buenas, llegaron a su más alto grado de virulencia. Conflictos de jurisdicción así como órdenes de excomunión y arrestos entre los inquisidores, el obispo y los gobernadores civiles eran "moneda común" de aquella época.
Por otra parte, la opinión pública de las islas en vista del importante papel que desempeñaban los judíos en el comercio que se había restablecido con Inglaterra y Holanda, y que llenaba las arcas de los isleños, no estaba dispuesta a tolerar ningún tipo de intervención grave en contra de ellos.
No es menos cierto que el tratado de paz establecido con Inglaterra en 1604 y la tregua concertada con Holanda en 1609, disminuyó los recursos de la Inquisición local al verse privada de las rentas que obtenía anteriormente por la confiscación de los barcos y cargamento pertenecientes a herejes procedentes de aquellos países que arribaban a las islas.
El hecho de que los inquisidores encontraran dificultades para celebrar procesos con la frecuencia de antes, no quería decir que estuvieses decididos a prohibir las persecuciones preliminares a tales actos. Seguían fomentando las delaciones, reunían pruebas y con mucha diligencia arrestaban a los sospechosos.

Sin embargo, su trabajo se volvió más conflictivo. La nueva comunidad de herejes asentados en las islas ya no venían sólo de España y Portugal, sino que muchos procedían de las comunidades cripto-judías de Inglaterra y Francia y de las declaradamente judías de los Países Bajos que, a su vez, habían sido también fundadas por "cristianos nuevos" procedentes de la Península Ibérica.
Para averiguar el "historial delictivo" de esas personas, se necesitaba algo más que el simple "chisme local". Era necesario buscar pruebas entre marinos y comerciantes que negociaban con los países del norte de Europa.
Frecuentemente, este tipo de informaciones suministradas al Santo Oficio daban origen a misiones especiales de espionaje que se encomendaban a oficiales del Tribunal y que regresaban a las islas trayendo abundante información acerca de las nuevas comunidades apóstatas, muchos de cuyos miembros, por intereses familiares o comerciales, visitaban regularmente las islas o residían por temporadas en ellas.
Es significativo que a partir del siglo XVII, la historia de los cripto-judíos asentados en Canarias queda ligada al reasentamiento y restablecimiento de la comunidad anglo-judía en 1655/56.
La documentación referente al restablecimiento de la comunidad judía en Inglaterra, aunque no muy numerosa es sumamente significativa. Existen al menos veinte informes espías sobre Londres y uno sobre Dublín confeccionados por oficiales del Santo Oficio, y en ellos aparecen los nombres de los miembros de la pequeña congregación que empezó a formarse en Londres bajo el liderazgo de Antonio Fernández Carvajal.
Nombres como los de Gaspar de Perera, Diego Rodríguez Arias, Lorenzo Rico, Duarte Enríquez Álvarez y su sobrino Antonio Rodríguez Robles, todos ellos con importantes intereses comerciales en Canarias y ampliamente investigados por la Inquisición de las islas son, sin duda, referencia obligada al hablar del reasentamiento judío en Inglaterra.

De los nombres anteriormente expuestos, aunque todos son importantes y con historia propia, dos de ellos merecen especial mención: Gaspar de Perera y Antonio Fernández Carvajal.
En 1662 fue arrestado en la villa de Oratava, Tenerife, por mandato de la Suprema de Sevilla y acusado de actividades judaicas, un tal Gaspar de Perera, alias "Victoria". Bajo tortura confesó su judaísmo y también denunció a todos los miembros de su familia y a muchos amigos y conocidos que residían en las comunidades de la Europa septentrional.
Gaspar de Perera, debido a su condición de comerciante había viajado por muchos países del área europea y poseía amplísima información acerca de la llamada "diáspora del norte".
Su familia procedía de Portugal y, tras huir de ahí, se establecieron primero en Burdeos y Rouen, donde él mismo había nacido, para posteriormente pasar a Amsterdam, Londres y Dublín.

Las confesiones que a su pesar y siempre bajo tortura hizo este personaje al tribunal de la Inquisición van, como se ha dicho, desde la delación de familiares y amigos hasta un dramático relato de una redada fracasada de "cristianos nuevos" en la misma Lisboa pasando por revelar importantes datos que conocía acerca de las comunidades formadas en los Países Bajos y las más recientes establecidas en Londres y Dublín. Fue, sin duda, una valiosa fuente de información para la Inquisición.
Gaspar de Perera fue recluido en las celdas secretas de la Inquisición en Las Palmas de Gran Canaria y solamente las abandona en 1663 para ser encerrado de por vida, en las mazmorras de la Suprema de Sevilla.
De Antonio Fernández Carvajal, a pesar de que no hay mucha información sobre su vida social, su condición política e incluso su aspecto personal, sabemos, gracias a los informes espías confeccionados por los miembros del Santo Oficio, algunos aspectos sobre su historia familiar.
Dos ramas de la familia parecen haberse establecido en Canarias y en su mayoría desempeñaron cargos relevantes. En 1571, Christoval de Carvajal era Notario Eclesiástico en Fuerteventura y, posteriormente, entre 1689 y 1721, Diego Francisco de Carvajal fue sucesivamente Secretario y Fiscal de la Inquisición canaria. Todo parece sugerir que Antonio Fernández Carvajal tenía familia en Canarias y que probablemente nació allí como "cristiano viejo". Al menos así se deduce de los informes elaborados por los espías de la Inquisición en los cuales se le menciona en términos muy respetuosos y asombrándose de su conversión al judaísmo.

La creencia cada día más fundamentada de que era converso se basa en el hecho de que los otros Carvajal de Canarias tenían que ser "cristianos viejos". Por otra parte, el nombre Carvajal no aparece en ningún documento conocido como patronímico de los "cristianos nuevos".
Según testificación hecha ante el tribunal de la Inquisición de Las Palmas de Gran Canaria el 10 de marzo de 1658 por el fraile Mathías Pinto, sabemos de la categoría de su judaísmo. Dicho fraile relataba que durante una breve visita que había hecho a Inglaterra ese mismo año, a causa de tener que cobrar una carta de crédito de 1.000 ducados, tuvo la oportunidad de visitar a Carvajal. La testificación prosigue así:
"Habiéndolo visto con frecuencia, en varias ocasiones le dijo a este testigo que era judío desde la época en que el Lord Protector Crozwell había roto la paz con España; y cuantas veces solía encontrarlo le decía: Don Mathías, aunque yo sea judío, todos nos encontraremos en el cielo; y este testigo vio que todos los conocidos de dicho Antonio Fernández Carvajal lo consideraban judío. En varias ocasiones vio al citado don Antonio Fernández Carvajal celebrando ritos y ceremonias judías en un cuarto interior de la casa en que vivía".
No deja de ser interesante el saber que Carvajal era puntual practicante de las ceremonias propias de su religión que serían, seguramente, complementarias de los servicios regulares que se celebraban en la sinagoga, situada en Creechurch Lane, con carácter público, y de la que era miembro principal.
Nuevamente surge, al estudiar este conglomerado de testificaciones y fechas, la incógnita de cuando se restableció la vida comunal judía en Inglaterra, o, mejor aún, cuando los marranos residentes en Inglaterra pudieron quitarse la máscara y vivir abiertamente como judíos. Sin lugar a dudas, tuvo que haber sido hacia finales de 1655, o bien, en la primavera de 1656.
De lo que no cabe la menor duda es que los judíos, en aquellas fechas, ya vivían en Inglaterra como judíos, siendo conocidos como tales tanto por las autoridades como por el público en general.
Una prueba fehaciente de ello, es sin duda, la declaración antes mencionada del padre de Mathías Pinto, en la cual se muestra que Carvajal no era solamente judío en su propia casa sino que "todos sus conocidos lo consideraban judío".
Una posterior testificación fechada en 1659 es, quizás, la más importante de todas. Se refiere a una acaudalada familia marrana, los Francia. La testificación dice textualmente así:
"A este testigo le dijeron unos ingleses en la Bolsa que Los Francia habían abandonado Málaga y fueron a vivir a Londres por temor al Santo Oficio, que había intentado castigarlos a causa de su religión, siendo ellos judíos que profesaban el credo y que seguían los ritos y ceremonias de la iglesia judía, mientras que en Londres podían vivir libremente su religión, sin miedo a la censura o castigos de dicho tribunal; y esto lo oyó frecuentemente entre los ingleses de la Bolsa".
Esta testificación es fiel reflejo de que no solamente los judíos eran conocidos como tales, sino que el judaísmo, como fe, era públicamente tolerado en Londres en esa época.
Después del proceso de Gaspar de Perera, el hecho de encontrar judíos en las islas fue tarea cada vez más ardua para la Inquisición. Con el desarrollo de la libertad en el norte de Europa, el marranismo declinó considerablemente en España y Portugal.
Comercialmente, sus elementos más activos, trasladados a Amsterdam o Londres, encontraron nuevas y más interesantes rutas comerciales para sus empresas que las posibilidades que Canarias podía ofrecerles.
La Inquisición local tuvo que conformarse con casos de brujería e inmoralidad confesional al tiempo que trataba de impedir la entrada en las islas de libros prohibidos. Mucho antes de que se suprimiera oficialmente el Tribunal ya era objeto de ridículo y desprecio público.
Fue debido al descontento del rigor inquisitorial que las ideas de la revolución francesa fácilmente encontraron eco en Canarias.
En enero de 1813, las Cortes de Cádiz habían debatido la necesidad de la abolición del Santo Oficio. Ruiz de Padrón, antiguo párroco en Canarias, fue uno de los oradores más elocuentes del partido liberal. Su famoso discurso en contra del Tribunal le valió, posteriormente el ser recluido a perpetuidad.
La Inquisición fue abolida en ese mismo año y cuando la noticia llegó a las islas fue recibida con general alborozo tanto popular como oficial. El Cabildo catedralicio junto con el Obispo enviaron cartas a las Cortes felicitándoles por haber suprimido "una mancha odiosa de la Iglesia de Cristo".
Los sambenitos de los penitenciarios, que se conservaban en los sótanos de la catedral de Las Palmas desde que el Cabildo, entre protestas de los inquisidores los habían mandado retirar de dicho templo, fueron quemados.

Sin embargo, la Inquisición no estaba muerta. Unos meses después, con el advenimiento de Fernando VII y la reposición del absolutismo, la Inquisición fue nuevamente restituida de todas sus funciones. El inquisidor Borbujo, último comando en el Santo Oficio local, comenzó a perseguir de forma indiscriminada a todos aquellos que habían manifestado su alborozo a raíz de la supresión.
No obstante, su autoridad siguió siendo ridiculizada y la hostilidad por parte de los canarios permanecía. Sus edictos eran arrancados y la alta burguesía de las islas ya no encontraba interesante el desempeñarse como alguaciles o familiares.
En 1820 con el segundo período liberal, murió definitivamente, con toda la inquisición española, el Tribunal de Canarias.
A partir de entonces, las islas volvieron a recuperar algo de la feliz situación que siglos atrás habían disfrutado y de la que habían extraído el apelativo de "afortunadas".

Obras consultadas:
Jews in the Canary Islands. Lucien Wolf.
Los judeo-conversos en la España moderna. Antonio Domínguez Ortiz.
Breve noticia histórica de las Islas Canarias. Joaquín Blanco.






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