Humor y tragedia en la Literatura PII - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Humor y tragedia en la Literatura PII

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Humor y tragedia en la Literatura
-aproximaciones-

(Segunda parte)


Por: Eduardo Luis Feher

Pero hay más. El mismo Padre del Surrealismo se vio envuelto en 1938, en esta Ciudad a una serie de acontecimientos confusos que lo llevaron inclusive a la cárcel por unas cuantas horas. Fue invitado a venir a México a dar unas conferencias. La historia es esta:
Como buen bohemio, sin previo aviso a sus anfitriones, adelantó su viaje -procedente de Nueva York- por lo que nadie lo esperó en la estación del tren. Pidió a señas ir a un hotel del centro y lo llevaron a uno ubicado en las calles de Cuauhtemoczin, habitado por las hoy llamadas con elegancia «sexoservidoras» que, desde luego por ser francés, rubio y no hablar español fue objeto de pelea entre todas.
Al llegar a su verdadero hotel, no tenía reservación y lo enviaron a otro donde también abundaban las citadas damas.
Pidió de comer y le indicaron una fonda donde, a los pocos momentos en que empezó a degustar su comida, se armó una balacera, con cristales y sillas rotas, al mejor estilo del Oeste. La policía se llevó a todos los clientes incluso a él, quien desde luego fue el primer sospechoso.
En tanto, sus anfitriones mexicanos, al no llegar en el tren el día prefijado, se alarmaron y buscaron afanosamente por toda la ciudad. Lo encontraron en una cárcel, feliz de la vida, en el suelo, acompañado de ladrones y malvivientes quienes a señas «platicaban» con él animosamente.
Bretón, en vez de asustarse, estaba feliz, con una sonrisa de oreja a oreja, pensando en su interior, seguramente, que México era, en efecto un país surrealista.
El humor mexicano -considerado lato sensu- ha sido motivo de múltiples e importantes estudios. Larga sería la lista de escritores nacionales que a lo largo de muchos siglos han enriquecido con su pluma las letras nacionales en este particular contexto. Mucho del humor ha sido como una especie de revancha popular ante la cadena de injusticias seculares padecidas. Bien se dice que el humor es un arma efectiva para combatir aquello que no siempre se puede o debe eliminar con las armas llamadas convencionales.
El siglo XVIII ve nacer en Almolonga, Puebla, a quien se convertiría con el tiempo en un famoso poeta popular mexicano: José Vasconcelos, llamado «el negrito poeta». Desde luego nada tiene que ver familiarmente con el filósofo y político contemporáneo de ideas y personalidad controversiales. No, nuestro personaje era de raza negra. Su infancia se pierde en la noche de los tiempos. De joven trabaja como sirviente, mozo recadero, y florista. Esta última actividad lo acerca a la corte virreinal a la que, con mucho ingenio y agudeza, critica o se burla de ella. La gente, divertida, le daba un «pie», metafóricamente hablando, para que, a partir del mismo construyera un verso:
Una vez le dijeron que hiciera un verso con este pie: « dos caballos que corriendo»
A lo que contestó de inmediato:

En un pesebre amarrados
paja y cebada comiendo
estarán más descansados
dos caballos que corriendo.

Cuentan que al estar perenemente soltero, siempre le cuestionaban acerca de su estado. Él contestaba de inmediato:

Cásate y tendrás mujer
si es rica, a quien contemplar
si es bonita a quien celar
y si es fea a quien aborrecer

Y agregaba:
Los enemigos del mundo
que el hombre suele tener
son, en verdad me fundo,
suegra, cuñado y mujer
.

Un incidente que hace que se le recuerde al negrito poeta fue sin duda lo ocurrido en épocas del Virrey Marquina, quien terminó las obras de introducción de agua potable a la ciudad a través del acueducto de Chapultepec. El remate era la Fuente del Salto del Agua. Pues bien; el día de la ceremonia, el Virrey y su corte esperaron el vital y ansiado líquido... que nunca llegó. El negrito, que se encontraba entre la multitud, gritó este verso espontáneo, a voz en cuello:

Para gusto y mayor gloria
construyó el Virrey Marquina
una pila en que se orina
y aquí se acabó la historia.

El resultado fue que nuestro negrito poeta fue a dar a la cárcel por varios meses, por ofensas a la autoridad.
No quisiera caer en injusticias históricas ni literarias: sin embargo en los escritos de Artemio de Valle Arizpe y Salvador Novo, sin ser propiamente humorísticos, hay elementos para colegir que usaron el humor con inteligencia y a veces con cierta prodigalidad.
Claro que el humor de Novo era diferente al de Don Artemio. Este último tenía un sentido del humor fino, mismo que iba escanciando según la historia y siglo que estuviera describiendo. Las páginas de Valle Arizpe invitan al pasado, un pasado jocoso, sutil, elegante.
En alguna confesión sobre su ingreso a la literatura, Valle-Arizpe recordaba que en su niñez, una vez su padre lo sorprendió leyendo las «Pasionarias», de Manuel M. Flores. Pero escuchemos lo acontecido, en propia pluma de Don Artemio:
«Un atardecer aparentaba estudiar muy ensimismado en mi aburrida geometría, pero tenía metido, cautelosamente, un libro chiquito en las páginas con las que fingía estarme quemando las pestañas y era una pequeña edición de Las Pasionarias del romántico poeta Manuel M. Flores. Mi padre, que daba vueltas por el zaguán, cada vez que en su ir y venir pasaba frente a la puerta del cuarto en que yo estaba afanadísimo con mis poesías, al ver que no levantaba la cabeza del libro, indudablemente que pensaba en la gran aplicación que yo ponía en mi estudio, que estaba aguzando mi entendimiento e ingenio para hacer penetrar en el cerebro, con laudable esfuerzo, aquello que él bien sabía que no me entraba ni a recios empujones. De seguro que alababa mi constancia. Encontrábamos abstraído, fuera del mundo, y por mi desgracia, con imprudencia jamás imaginada, me entusiasmé con la ardorosa petición que el bardo le hacía a su amada. En mis años aquellos era arrebatador:

Bésame con el beso de tu boca
cariñosa mitad del alma mía,
un solo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos me mataría.

«¡Sublime! Se me desleía eso en la boca como una pastilla azucarada. Cuando menos lo acordé y tuve el gran susto, estaba mi padre junto a mí y me dijo con voz de Juicio Final:
-Oye, ¿qué estas leyendo?
-Leo lo referente al paralelepípedo, le contesté con voz toda temblorosa, como si estuviese hablando debajo de una ducha de agua helada.
-Ah ¿sí? Pues no comprendo que haya nadie en el mundo que haga los ademanes y gestos de orador enardecido que tú haces, arrobado con los ángulos del paralelepípedo. ¡A ver, qué tienes en el libro!
Y ¡hay, Dios sobrevino la tragedia! No se me olvidará mientras viva ese atardecer como el más infausto de mi existencia. El insigne poeta don Manuel María Flores fue a dar al suelo todo desencuadernado, que inspiraba lástima, y yo me quedé largo rato viendo lucecitas de todos lo colores en gracia del rotundo manotazo que recibí en la cabeza. Pero no hay mal que por bien no venga, pues ese potente golpe que recibí en la caja craneana me sirvió eficazmente para que no se me olvidase nunca en lo que tuviera de vida, que el tal paralelepípedo es un sólido terminado en seis paralelogramos cada dos opuestos entre sí. Como se ve claramente, es cosa facilísima de entender y que le sirve a uno de mucho en el mundo. Estoy persuadido de que la letra con sangre entra. Esto es innegable. ¿Verdad?»
De otro tipo era el humor de Novo. Mezcla de causticidad con mordacidad elevadas a la quinta potencia, Novo ponía todo su indudable ingenio en satirizar a algún prójimo o bien hacer burla terrible de la sociedad. Tan leído como temido, dejó para la posteridad infinidad de escritos donde el humor de tal jaez campeaba sin pena ni rubor. Los ejemplos los dejamos de lado dada la estrechez de una intervención como la presente, además de otras inteligibles razones.
Pero del humor a la tragedia hay un paso. Así el sentido trágico de la vida y sus aconteceres se nos presentan en las obras de infinidad de escritores y poetas; Jorge Luis Borges, en alguna ocasión sentenció: «El hombre olvida que es un muerto conversando con muertos». « La muerte -agrega Borges- o su alusión, hace precisos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.»

Continuará...


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