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27/09/2017
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Historia de un hombre ejemplar

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Historia de un hombre ejemplar


Por: Jaime Littman

Este relato es acerca de una persona de nombre Roberto; hombre ilustre, fuerte, recto, siempre un luchador y por consiguiente ganador. Hombre nacido en Polonia bajo los estruendos de la Primera Guerra Mundial (1917); de familia judía-ortodoxa, su padre era curtidor de pieles y su madre trabajaba en el hogar. Tuvo un hermano y tres hermanas, vivían en un pueblito llamado Novitarg, cerca de Zacopane, donde creció, claro está, bajo muchas carencias.
Cuenta que para estudiar tenía que viajar mucho tiempo e incluso vivir temporadas en otros pueblos, lejos de la familia, rentando algún cuarto y trabajando en una tienda de abarrotes por las tardes para tener algo de dinero. Se sabe que su madre murió en Polonia víctima de una enfermedad, cuando él era aún muy joven. Durante sus años de juventud fue un gran deportista, esquiador en nieve y corredor de pista, lo cual le permitía tener un fuerte y sano cuerpo. A la edad de 21 años es reclutado por el ejército polaco para realizar su servicio militar, justo en el momento de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Su misión era defender Los Cárpatos, pero al ser fuertemente atacados por los nazis, tuvieron que replegarse a territorio húngaro.
Polonia fue ocupada por los nazis y por los rusos que iban en su defensa. Quiero que imaginemos por un momento las atrocidades que se presentaron, de las cuales, a diferencia de otros protagonistas, este hombre cuenta todo, empezando por su afirmación de que el pueblo polaco era antisemita por excelencia, como lo demostraron algunos hechos como el jalar las barbas a los judíos ortodoxos. Además les decían: "judío mugroso vete a Palestina". Otros ponían letreros en los negocios de los judíos, con una leyenda que decía: "no compres en esta tienda, porque es de judíos".
Él, al igual que todos los judíos fueron perseguidos, tuvieron que huir de un lugar a otro, ser víctimas de traiciones y engaños; todo con el propósito de salvar el pellejo. Comenta que lo que no hacían los alemanes, los rusos se encargaban de hacerlo (saquear, violar, matar, etc.) y que cuando les pedían que se identificaran, no sabían si decir que son judíos, polacos, rusos o húngaros... ¿qué debían decir para salir bien librados?
Al replegarse las tropas polacas a Hungría, él pudo refugiarse en dicho país sintiéndose seguro, pues el presidente de Hungría había tenido un convenio con Hitler consistente en darles alimentos a cambio de que no tocaran a su pueblo. Veía como venían vacíos los barcos alemanes por el Danubio y como regresaban casi hundidos por el enorme peso de los nutrientes que se llevaban.
En varias ocasiones estuvo en la fila para ser enviado en tren al campo de concentración, pero su enorme deseo de vida y su estrella, lo ayudaron y pudo escapar. Una vez dio media vuelta de la fila y siguió caminando para el otro lado. Pudo -trabajando en una fábrica textil del gobierno húngaro- burlar otra inspección mostrando su credencial de empleado. También en Hungría se escapó de un campo de refugiados, cubriéndose con una sábana blanca y perdiéndose entre la copiosa nieve. En un campo militar húngaro trabajó como fotógrafo, retratando a los orgullosos soldados húngaros, pero cuando vio que en Hungría las cosas se ponían feas, logró escapar con el pretexto de que tenía que salir a comprar rollos fotográficos para poderlos seguir retratando.
Roberto siempre ha tenido una gran memoria y como lo mencioné, a diferencia de muchos hombres que pasaron lo mismo, él cuenta con profunda seriedad todos los acontecimientos con nombres, fechas, horas, lugares, etc. Perdió a toda su familia en manos de los nazis, seguramente en los infames crematorios. Nada quedó de todos ellos, más que el recuerdo y el cariño que siempre ha tenido hacia ellos. Siendo un hombre con cualidades especiales, ha sabido superar la tragedia y el odio, sin olvidar lo ocurrido, narrando todo con claridad y sencillez, para que seamos voceros hacia las nuevas generaciones de lo que no se debe permitir jamás. Cuenta por ejemplo, que en una ocasión oyó platicar a dos alemanes (nazis); uno le preguntó al otro: ...¿podrías decirme cuántos judíos has matado...? y el otro contestó: así de rápido no podría saberlo.
Pasó su juventud y parte de su vida adulta recorriendo Europa, relacionándose con gente que lo pudiera proteger; trabajando como empleado, como mensajero, fotógrafo, etc. En Checoslovaquia vendía medias de importación y después compró algunos relojes, mismos que vendió posteriormente en París y más tarde en Cuba. Terminando la guerra quiso regresar a Polonia para ver que había quedado de toda su familia, pero en el camino se encontró a unos conocidos que venían de ver la enorme desgracia y le dijeron que era en vano que continuara.
Me relata que antes de ese encuentro pasó por un bosque que era el lugar llamado Auschwitz y fue testigo de las cercas electrificadas, cámaras de gas, crematorio, zanjas hechas por los judíos, donde fueron fusilados y sepultados ellos mismos; montañas completas de cepillos de dientes, tefilim y talitz.
Regresando a Checoslovaquia contactó con la Organización Internacional de Refugiados (IRO), quienes le dieron un pasaporte y papeles para ir a Francia. En París con la venta de algunos relojes pudo pagar su boleto en un barco carguero que salió del puerto de Burdeos para ir a América. Menciona que nunca recibió ayuda económica, ni pago por indemnización de ninguna organización, pues él sabía que sus verdaderas pérdidas jamás podrían subsanarse con algún valor económico, por muy alto que fuera.
La travesía duró 21 días y finalmente llegó a Cuba en 1950. País pequeño, con idioma muy diferente, con cultura distinta, con costumbres y alimentación desconocidas, pero con la enorme esperanza de haber llegado al mundo americano. Él sabía que la única familia que le quedaba estaba en México; se trataba de su tía Esther y sus primos, quienes habían abandonado Europa antes de los trágicos acontecimientos. Contactó con ellos y por ciertos azares del destino y para no perder los papeles de migración que habían conseguido para otras personas (que no podían viajar en ese momento) fue que pudo venir a este país. A la edad de 35 años una nueva vida tocaba a sus puertas y con un gran apoyo de su tía, que lo consideró como un hijo más y de sus primos, trabajó de bodeguero y empleado, hasta que después de varios años pudo independizarse.
Fue de los primeros socios del Deportivo Israelita de México, cuando sólo existía la pista de correr; ahí explotó su potencial de atleta, corriendo y siendo muy destacado en los 400 metros planos. Algunos amigos lo sobre llamaron Zatopec, en recuerdo de un gran corredor de pista europeo. Más tarde conoció a Lucha, se casaron y formaron una familia de 4 hijos.
La batalla continuó, ambos trabajaron arduamente. Cayéndose y levantándose fueron mejorando económicamente. Él puso un negocio propio, pero como persona de buenos principios, confiado siempre en la honradez del prójimo, dio mercancía con la seguridad de que más adelante sus compradores le iban a pagar, situación que en la mayoría de los casos no fue así. Tuvo que cerrar el negocio y hacer frente a las deudas que él había contraído. Él decía y lo sigue diciendo: "tener un nombre limpio es lo que me va a abrir las puertas siempre", y así fue, por recomendaciones de uno de sus amigos encontró un trabajo y con sus primeros ingresos saldó esas cuentas y limpió su nombre.
En ese nuevo trabajo, fue vendedor de relojes bajo comisión. Cabe mencionar una gran virtud, su conciencia para diferenciar y reconocer que no todos los alemanes fueron nazis, ni todos fueron malos; los dueños de este nuevo trabajo fueron dos señores alemanes, a quienes respetó y con los que trabajó por muchos años, hasta que ellos vendieron la empresa. Él siguió trabajando con los nuevos dueños, de los que también se ganó su respeto y confianza. Lleva en suma trabajando en la venta de relojes en esa misma empresa 45 años.
Amante de México, buen mexicano, habla un perfecto español, conoce gran parte de su territorio, gusta de su música y canciones, disfruta de su comida y bebidas tradicionales. Ha tenido a lo largo de su vida extraordinarios amigos mexicanos, que lo han visto como un hermano y él a su vez, ha ayudado a cuanta gente ha podido, consiguiéndoles trabajo, dándoles consejo, facilitándoles oportunidades comerciales, etc. Relata que en una ocasión le robaron a un cliente toda la mercancía, junto con todo lo de su casa; como él sabía que su amigo tenía hijos chicos, le llevó hasta su casa varios regalos como licuadora, tostador, exprimidor, etc., para que superaran la crisis inmediata y lo ayudó dándole más mercancía para que pronto pudiera recuperarse de lo robado.
Es un orgullo oír los comentarios que la gente tiene de nuestro personaje, tales como: "que buen hombre es, que decente, que cumplido, que trabajador, que formal, que buen amigo"; inclusive hay quien dice: "soy quien soy, gracias al apoyo y enseñanzas de Roberto". Muchos de sus amigos lo describen como el mejor vendedor del mundo y aseguran, que si Roberto vendiera pepitas, todo el mundo comería pepitas. Otras personas lo conocen como el "güero" que camina varias veces al día por el Centro Histórico de la Ciudad de México o como "el hombre de los relojes Mido" o "el señor del Mercedes viejito".


Cuenta su esposa que en una ocasión fueron invitados a Suiza para recibir un premio por su destacada participación en la venta de relojes a nivel mundial y que por cierto no ha sido el único premio. Ya estando ahí le pidieron que diera una conferencia a un auditorio lleno de licenciados en mercadotecnia. Él se presentó y aprovechando que habla varios idiomas se comunicó con ellos, pero lejos de hablarles de mercadotecnia, les habló de la pasión de hacer el trabajo con gusto, de la entrega por hacerlo bien y lo que a él como comerciante lo ha llevado al éxito. Los participantes quedaron admirados de su sencillez y de su elocuencia.
En lo referente a su vida familiar, es importante mencionar el dicho que dice: "atrás de un gran hombre, hay una gran mujer". Y así es, su esposa lo apoyó siempre y luchando juntos, trabajando los dos hombro con hombro, fue como hicieron todo.
Muy probablemente amigo lector, a estas alturas y por la forma que les he informado sobre la vida de ese gran hombre llamado Roberto Littman Steele, del que tanto orgullo siento, habrán adivinado que se trata de mi padre. Como su hijo mayor, debo confesarles que la relación que hemos tenido ha venido de menos a más. Cuando era chico no nos comprendíamos bien, me trataba con mucha rigidez, poca tolerancia; más adelante me fui dando cuenta de que así era él y que lo hacía porque creía que era lo mejor para nosotros.
Empecé a comprender que bastante hacía él con haber superado su vida anterior y que si bien no nos daba más atención, ni tiempo, si se preocupaba totalmente por nuestro bienestar. Hemos llegado a ser muy buenos amigos y hoy en día, reconozco una a una sus cualidades, lo adoro, lo respeto, lo admiro, lo cuido, lo acompaño y ruego a Dios que este hombre ejemplar siga siendo como es y nos viva con buena salud por muchos años más.
Ahora tiene 83 años, sigue trabajando con el mismo ímpetu de siempre, su vida es el trabajo y su familia. Consideren esta colaboración como un homenaje a todos aquellos padres como el nuestro, un hombre ejemplar, en este mes en que en México se les recuerda.

Para Roberto, nuestro singular protagonista,
los mejores deseos de toda su familia.



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