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27/09/2017
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Helena Rubinstein

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Helena Rubinstein


Por: Manuel Levinsky

Hay seres extraordinarios cuya vida merece los más altos comentarios y los elogios más cálidos por la fuerza de su dinamismo y de su visión. Ella es Helena Rubinstein, fundadora de uno de los imperios más grandes del mercado mundial de la industria de los cosméticos y que transformó su crema de belleza en una línea de más de 1000 artículos que la convirtieron en una de las empresarios más acaudaladas.

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Nuestro personaje nació el 25 de diciembre de 1872 en Cracovia, Polonia, dentro del seno de una familia judía de muy escasos recursos. Fue la mayor de ocho hijas quien después de estudiar en la universidad de su ciudad natal, ingresó a la escuela de medicina de Zurich. Allí conoció a un estudiante de su facultad con el cual pretendió contraer matrimonio, pero su padre se negó a darle el permiso necesario.
Decepcionada, Helena dejó los estudios y en 1902 se fue a vivir al rancho de un tío suyo en Australia. Con ella se llevó 12 frascos de crema de belleza que adquirió de un amigo de su madre, un doctor húngaro. Como algo verdaderamente notable podemos decir que esta crema sirvió de base para el imperio de cosméticos que posteriormente fundó. Entre tanto, se mudó con otro tío, el oculista Louis Silberfeld que vivía en Coleraine, un pequeño pueblo de 2000 habitantes a 80 millas de Melbourne, Australia.

Allí se dio cuenta que el clima cálido resecaba la piel de las mujeres australianas y que su crema de belleza ayudaba a rehidratar sus rostros y por ello empezaron a solicitarle su crema. A fin de surtir los pedidos de las damas, su madre le mandaba una docena de frascos desde Polonia cada mes.
Con esa visión de los negocios que le caracterizaba, pidió un préstamo para abrir un pequeño laboratorio y elaborar una crema especial fría que llamó «Cold Crearn». El éxito fue grande y al cabo de tres años, Helena ya contaba con un capital de 100,000 dólares. Su secreto consistió en darse cuenta que tanto las pieles secas como las grasosas requerían diferentes productos. Ella fue la primera en ofrecer a sus clientes un análisis personal de la piel a fin de que compraran el tipo de crema que necesitaba su rostro. Siempre que se le preguntaba cómo fabricaba sus productos contestaba vagamente, guardando el secreto de sus recetas.
En 1908 emigró hacia Londres, Inglaterra, donde todavía las mujeres preparaban sus propios artículos de belleza. Allí, en la gran ciudad londinense, abrió el primer salón de belleza moderno de la Europa Occidental, el cual fue establecido en la elegante sección Mayfair. Algunas personas de su amistad se mostraron escépticas acerca del éxito de su nuevo negocio, inclusive un comerciante inglés le dijo: «Mi pequeña niña, usted no sabe cuan conservador es Londres, usted va a perder todo su dinero». Fue todo lo contrario, al grado de que hasta la reina Alexandra se contaba entre sus numerosos clientes. Muy unida a su familia les dio empleos de alta jerarquía en sus negocios y dos de sus hermanas fueron gerentes de tiendas en una cadena que estaba creciendo sin cesar.
En 1912, abrió un salón de belleza en París. Dentro de sus clientes estaban la novelista Colette y la famosa actriz Sara Bernhard. Pronto estableció sucursales en otras ciudades europeas y llegó a ser una de las más importantes empresarias en el ramo de belleza de toda Europa. De ella dijo el gran pintor Picasso: «Helena es un genio igual que yo».
Dos años después, en 1914, la Rubinstein viajó a los Estados Unidos, donde amplió su gran cadena de negocios incrementando notablemente su fortuna. Ella notó que las mujeres americanas tenían narices purpurinas, labios grises y caras blancas, derivados del uso de polvos inadecuados que deberían ser cambiados por sus productos faciales de gran calidad. Dinámica como siempre, abrió un salón de belleza en la calle 15 East 49th Str. En Nueva York y en poco tiempo ya tenía salones de belleza en todo Estados Unidos fabricando al por mayor sus productos. Por ese tiempo contrajo matrimonio con el periodista americano Edward Titus. Sus vendedores iban y venían por todas las importantes ciudades americanas, convenciendo a la clientela que el maquillaje ofrecido las transformaría en mujeres más bellas. Dentro de los productos que vendía estaban la máscara a prueba de agua y las cremas faciales medicinales.
En 1938 se divorció de Titus y después de la Segunda Guerra Mundial, Helena regresó a París donde se le reconocía como un líder en la industria de la cosmetología. Más de 1000 cosméticos tenían su nombre.
Antes del Crack de 1929, Helena vendió las dos terceras partes de su negocio a Lehman Brothers por la cantidad de 7.33 millones de dólares. Con la caída del mercado, ella buscó la manera de recuperar las acciones vendidas, haciendo publicidad en el sentido de que los hombres de negocios y especialmente los banqueros, no sabían apreciar las necesidades de belleza de la mujer, por lo que ellos eran los que estaban arruinando sus negocios. A raíz de esta publicidad masiva, Lehman Brothers fue forzado a revenderle las acciones al precio de 1.5 millones de dólares. Cuando se le preguntó cómo hizo para ganar tan fácil 6 millones de dólares, ella contestó»: «Lo único que necesité fue un poco de «jutzpá» de atrevimiento.
Nuestro personaje se volvió a casar con el príncipe ruso de Georgia Artchill Gourielli Techkonia que era más joven y de títulos de nobleza cuestionables. En 1941, después de regresar a Estados Unidos descubrió un triplex en la calle Park Avennue, en donde deseaba alquilar un piso completo. Helena habló a su agente quien le informó que ese edificio estaba restringido a judíos. En respuesta, ella compró todo el edificio entero.
Terminado el conflicto bélico, Helena extendió su imperio industrial, estableciendo sucursales y abriendo fábricas alrededor del mundo y permitiendo que sus productos llegaran a las mujeres de la clase media. Por esta estrategia y su genio en mercadotecnia, su fortuna personal adquirió proporciones inmensas.
En 1951, Helena Rubinstein amplió sus negocios para productos para caballeros, estableciendo las primeras boutiques en Nueva York, sin embargo se adelantó 20 años a su tiempo y tuvo que cerrar un año después.

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Su gran colección de joyas y objetos de arte se valuaban en millones de dólares. Ella fundó la «Helena Rubinstein Fundation» que daba ayuda financiera a varias universidades, artistas y demás instituciones de ayuda.
En 1958 llegó a Israel, como parte de un tour mundial. Aunque tenía poca comunicación con instituciones judías, no obstante su origen judío, decidió construir una fábrica de cosméticos en la tierra de sus ancestros y a petición del gobierno israelí, para que construyera o donara un museo, puso a su disposición 500 millones de dólares y así fue como se edificó el pabellón Helena Rubinstein en Tel Aviv.
Antes de morir en 1965, al cumplir 92 años de edad, tres ladrones armados invadieron su residencia, amarraron a su mayordomo, a su ama de llaves y a su secretaria y le ordenaron que abriera la caja fuerte donde guardaba sus joyas. Con admirable serenidad les contestó: «Yo soy una mujer vieja, ustedes me pueden matar, pero no voy a dejar que me roben. Salgan de aquí». Los asaltantes impresionados salieron con las manos vacías.
Helena Rubinstein tuvo dos hijos, Roy y Horace. El primero siguió como su sucesor del imperio Rubinstein y publicó su autobiografía «My Life for Beauty» que apareció al año siguiente de su muerte, en 1966.

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