El Narcotráfico - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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El Narcotráfico

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El Narcotráfico


Por: André Moussali

Los expertos aseguran que el Triángulo de Oro que se encuentra en las abruptas selvas limítrofes entre Tailandia y Laos producen el opio y la heroína que se consumen en el mundo, sin embargo, esa proporción fue bajando gracias a la presión del gobierno de los Estados Unidos que ha reducido los cultivos de amapola a una cantidad insignificante, pero gracias a países como Irán, Afganistán y Turquía, siguen siendo los principales exportadores a Europa. Lo que preocupa a los narcotraficantes de estos países, es que Colombia surte el 60% de opio que consume Estados Unidos y está aumentando los cultivos de amapola para quedarse con todo el mercado.
Se supo de fuentes fidedignas que los estadounidenses quieren eliminar a las cabezas del negocio colombiano para sustituirlos por gerentes enviados directamente desde Estados Unidos, pues se considera que ellos podrían manejar las operaciones con mayor eficiencia y así ahorrarse cientos de millones de dólares que se esfuman en el mal manejo de los colombianos. Para lograrlo el gobierno de Washington está exigiendo otra vez al colombiano que entregue a sus principales traficantes para juzgarlos, encarcelarlos en Estados Unidos y extraerles información que permita localizar sus cuentas a fin de confiscarlas y dejarlos sin dinero para resurgir. El gobierno colombiano está muy débil y se teme que acceda a las peticiones del gobierno de Washington.
En cuanto a México, se considera que es un simple satélite de los estadounidenses y que en el fondo trabajan conjuntamente, hasta la creencia de que el gobierno de Washington está harto de las chicanas de los mexicanos y tal vez exija que se le entregue a los gobernadores de los estados que están implicados en el tráfico así como una docena de principales traficantes y otra docena de policías que los protegen.
México no podría negarse ya que este país tiene un gran comercio con los Estados Unidos y la interrupción de las relaciones provocaría la quiebra de una infinidad de negocios a ambos lados de la frontera. Por supuesto, México caería en el caos, pero a Estados Unidos no le conviene tener por vecino a un país hambriento y se cree que en este plan no podría funcionar.
En realidad Estados Unidos ha desplazado a México en el negocio de la marihuana, pero ahora ha surgido la venta de pastillas y parece muy prometedor.
Se supo también que hubo un arreglo entre Tailandia y Colombia para que este último se abstenga de invadir el mercado europeo, a cambio de que Tailandia le deje el de Estados Unidos y Canadá.
México actualmente le compra a los Tailandeses el 70% de la efedrina usada para producir metanfetaminas y hubo un compromiso por parte de México a seguir surtiéndose de efedrina en Tailandia sin tratar de crear fábricas propias y también hubo un compromiso de no invadir el mercado europeo de metanfetaminas a cambio de dejarle a los mexicanos el mercado de Estados Unidos y Canadá.
Hace tiempo, cuando Richard Nixon era presidente de los Estados Unidos había declarado una guerra contra las drogas, a las que atribuía todos los males que aquejaban a la nación. Las televisoras trasmitían a diario estrujantes imágenes de jóvenes muertos por sobredosis, o caídos en riñas sangrientas por la posesión de enervantes, o cometiendo asaltos para conseguir el dinero necesario para financiar su adicción. En septiembre de 1969, tras informar que la heroína y la marihuana que envenenaban a la juventud norteamericana provenían de México, Nixon puso en marcha la Operación Intercept, cuyo objetivo final era sellar la fuente de abastecimiento.
Durante varios días la frontera con México estuvo semicerrada: el paso de automóviles y camiones demoraba seis o más horas debido a la minuciosa revisión a la que miles de agentes sometían los vehículos. Se obligó a los hombres y mujeres sospechosos a bajar de sus automóviles para registrarlos.  
Declarándose victorioso, al cabo de tres semanas, Nixon suspendió la operación Intercept, aunque no se localizaron cantidades significativas de enervantes ni se identificó a los grandes mayoristas que operaban el negocio dentro de Estados Unidos, Washington había tratado con desprecio las protestas del gobierno mexicano, pero cuando los comerciantes de Laredo a San Diego hicieron ver que la escasez de turistas y compradores mexicanos los estaba arrastrando a la quiebra, Nixon optó por trasladar su asedio hacia Turquía, donde supuestamente se cultivaba la amapola utilizada para extraer el opio que inundaba Nueva York.
Se decía que el opio turco, se procesaba en Marsella, de donde era exportado a Estados Unidos. Por lo tanto, se sometió a presiones al gobierno francés y al cabo de algún tiempo se confiscó en Nueva York un gran cargamento de drogas que pasó a ser guardado en las bodegas de la policía neoyorkina. (El caso dio lugar a la publicación de un libro y a la filmación de una película que llevaron el título de Contacto en Francia.)
En 1973 la campaña de Nixon culminó con la creación de la Drug Enforcement Agency (DEA), que supuestamente atacaría de raíz el problema. Las drogas, decía el presidente, estaban destruyendo el tejido mismo de la sociedad norteamericana y había que combatirlas sin contemplaciones. Los críticos señalaron que, por las facultades que se le adjudicaron para espiar las vidas de los ciudadanos, para efectuar redadas de sospechosos y catear domicilios sin orden judicial, la DEA constituía una nueva Gestapo violatoria de las libertades constitucionales, pero ninguna halló mayor eco. Nixon se disponía a poner en marcha la DEA cuando debió renunciar al hacer crisis el escándalo de Watergate.
En esta misma época estaba en plena efervescencia la guerra de Vietnam y al fin de sobrevivir en el infierno vietnamita, miles de soldados contraían el hábito de consumir opio y heroína y al regresar a su país diseminaban la adicción.
Se exageraron las estadísticas sobre drogadicción, al grado de atribuir a los consumidores de drogas más del doble del total de delitos cometidos por todas las causas en Nueva York y otras ciudades. El villano que envenenaba a la juventud era el narcotraficante y Nixon afirmó estar decidido a exterminarlo aunque jamás actuó contra los grandes distribuidores estadounidenses y sólo se ensañó contra los consumidores y contra países débiles como México y Turquía. Gracias a esta cortina de humo, hasta el fracaso de Vietnam, la crisis económica derivada de los altos precios del petróleo y el terror que inspiraba el poderío soviético pasaron a ocupar un segundo plano.
Después de Nixon llegaron a la Presidencia Ford y Carter, quienes en ningún momento mostraron especial interés por exhibirse como campeones en la lucha contra la droga, pero más tarde le tocó su turno a Ronald Reagan, el cual se empeñó en superar a Nixon en dureza. Con él empezó la DEA a vivir sus mejores años, en los que disfrutó de presupuestos cada vez más elevados. Se decidió enviar agentes a medio mundo, y para América latina se contrató a hispanoparlantes en la creencia de que les sería más fácil trabajar en el punto que se les asignara.
Los mexicanos se preguntaban muchas veces por qué la DEA, reconoce tan bien a los narcotraficantes mexicanos y hasta publica sus nombres, jamás ha denunciado ni mucho menos capturado a sólo uno de los grandes narcotraficantes de los Estados Unidos, y añadían que si la DEA conoce las rutas de México por las que se guían los cargamentos de droga hasta llegar a la frontera, porque no exhibe las rutas empleadas para transportar los cargamentos por todo el territorio norteamericano hasta los centros de consumo.
Y si esto fuera poco, lo más dramático fue cuando se publicó un libro en el que se daban detalles muy precisos para señalar que la CIA, había llevado cocaína de Sudamérica a Estados Unidos, para que con el producto de la venta comprar armas y abastecer a las guerrillas pro estadounidenses de América Central, como los "contras" de Nicaragua.
Los aviones que transportaban la droga de la CIA, aterrizaban tranquilamente en los mismos aeropuertos utilizados por los narcotraficantes en el territorio mexicano, y al pasar la frontera descargaron el producto en aeropuertos militares de Estados Unidos.
Incluso muchos expertos se preguntaban por qué en las redadas de vendedores callejeros de drogas que constantemente se realizan en Estados Unidos conducen siempre a la captura de negros y latinoamericanos, al paso que rara vez se actúa sobre la comunidad blanca, que es la que agrupa el mayor número de adictos.
Uno debe recordar que la prohibición de vender alcohol en los Estados Unidos también propició una fuerte descomposición social, corrompió a vendedores y compradores y fue causante de las grandes matanzas que se registraban para controlar el negocio. Al fin de cuentas ni siquiera se logró reducir el consumo de alcohol y hubo que derogarla. Entre 1920, año en que la venta de alcohol fue prohibida en todo Estados Unidos, y 1933, cuando la prohibición fue derogada, el número de homicidios creció de cuatro a diez por cada cien mil habitantes, y en cuanto se aprobó la legalización, el índice volvió a bajar, de modo que en 1960 ya era nuevamente de cinco por cien mil. Pero en los años setenta, cuando se decretó la Guerra contra las Drogas, el índice subió otra vez y hoy se registran diez homicidios por cada cien mil habitantes.
Lo único que han conseguido las prohibiciones es que inflan los precios y hacen que se disparen las utilidades. Con esto se crea un atractivo irresistible para que muchos se lancen a buscar la tajada. Después vienen las balaceras por el control de territorios, pero el número de traficantes sigue aumentando, y como a mayor número de vendedores mayor consumo, en un dos por tres se ingresa al círculo vicioso del que no se puede salir a menos de que se tomen medidas innovadoras como la legalización de su consumo.
El consumo de drogas es una cuestión de índole personal. Si afecta al individuo, el gobierno no debe entrometerse. El hombre tiene derecho hasta de morirse por cultivar su adicción; los individuos están mejor capacitados que la burocracia oficial para decidir si consumen drogas o no. La corriente de opinión moderada, se considera que el gobierno debe controlar la venta prohibiendo que se surta a menores presentando los malos efectos que pueden acarrear las drogas para que la drogadicción no se propague más; pero no tiene derecho de encarcelar a los consumidores, ya que millones de ellos cultivan su adicción en la intimidad de sus hogares, llevan vidas productivas y a nadie molestan, mientras que en la cárcel se les ficha y se les arruina la existencia. La cuestión debe ser encarada como un problema de salud pública: debe considerarse a los drogadictos como enfermos y hasta proporcionarles droga en los casos irremediables, cuando no sea posible la rehabilitación.
Desde luego no es fácil que los que ahora ganan considerables sumas de dinero se resignen a permitir que la legalización les arruine el negocio. Uno no puede atreverse a pensar en el poder que han acumulado. ¿Por qué la DEA ha denunciado a varias docenas de traficantes mexicanos y los ha hecho encarcelar, al tiempo que jamás da ni siquiera los nombres de los magnates de la droga que hacen lo principal del negocio en Estados Unidos? ¿Y por qué el gobierno de Estados Unidos gasta enormes sumas en investigar cómo lavaron dos tristes millones de dólares en un pueblo de Jalisco unos empleaditos bancarios, mientras que no vigila a los bancos y las casas de bolsa de Estados Unidos donde se lavan miles y miles de millones de dólares cada mes? Más aún: ¿Por qué la televisión y los periódicos se niegan a discutir por fin el estudio de la legalización de la droga? que sería la solución más razonable.
Las sumas astronómicas que invierten el gobierno federal y los estatales para combatir el narcotráfico han creado miles y miles de fuentes de trabajo, que peligrarían si se decidiera implantar la legalización, y por supuesto los burócratas amenazados con el desempleo harán todo lo que esté a su alcance para sabotearla.
Sólo el presupuesto del gobierno federal para la guerra contra las drogas pasó de 1600 millones de dólares en 1981 a 20,000 millones en 1999. Lo más triste es que las utilidades que obtienen los amos del narcotráfico, calculadas en cientos de miles de millones de dólares al año, se puede comprar el control de varios de los principales bancos y decenas de estaciones de radio y televisión, o grandes editoriales de periódicos y revistas para que nos informen al público sobre lo que está pasando. Y si esas compras se han hecho discretamente en los últimos 20 años, las utilidades que dejan se reinvierten en comprar más empresas, se podría suponer que los amos del narcotráfico son ya los dueños de los Estados Unidos. De muchos senadores, diputados y los altos funcionarios del gobierno.
Entre 1966 y 1997, según las cifras oficiales, el número de reclusos en las prisiones federales y estatales pasó de 200,000 a 2 millones, la mayoría acusados de delitos derivados del narcotráfico. Los penales del gobierno se hicieron insuficientes para alojar tanta gente y la tarea de construir y operar nuevas cárceles fue concesionada a empresarios privados, que cobran muy buen dinero por alojar, alimentar y vigilar a los presos. Ahora los dueños de las cárceles hasta consiguen contratos para realizar trabajos de maquila sencillos, como ensobretar cartas y folletos publicitarios; los presos realizan el trabajo y como remuneración reciben una pequeña parte de lo que cobra el empresario. Tal vez el siguiente paso sería establecer la esclavitud.
Estas estratosféricas ganancias provienen de los amos de la droga de Estados Unidos, y esto es debido a que el 90% del producto de la venta de drogas se queda en Estados Unidos y sólo el 10% restante se reparte en Colombia, México y países menores. A pesar de esto, México gasta cientos de millones de dólares en la guerra contra las drogas y no se sabe cuantas vidas de policías, soldados y civiles han muerto a consecuencia de ello. Uno debería preguntarse: ¿Cuántas escuelas y cuántos caminos podrían haberse construido con ese dinero? y, aún, en el mejor de los casos, todos estos sacrificios servirían para resolver solo un problema local de Estados Unidos. Como Estados Unidos se ha mostrado incapaz de hacer efectivas sus leyes contra el consumo de drogas se le ha endosado el problema a México.
En este país al principio, los narcotraficantes operaban aisladamente y aparecían y desaparecían sin dejar huella. En los años 70's se formaron pequeñas bandas, que mediante balaceras a la luz del día y en plena calle se disputaban territorios o se cobraban adeudos. Sólo en el mes de enero de 1966, hubo arreglos de cuenta entre pequeños narcotraficantes con un saldo de centenares de muertes en un solo mes en la ciudad de Culiacán, Sinaloa. Los hechos criminales caían en el olvido y a las pocas semanas: la sociedad acabó por acostumbrarse a ver como normales las peores atrocidades.
En aquel entonces, el gobierno de Washington forzó a México a poner en marcha la Operación Cóndor, supuestamente destinada a arrasar con los cultivos de marihuana y opio. Desde aviones y helicópteros, los campos fueron rociados con defoliadores y venenos que dejaron la tierra inservible por varios años. Los militares y los policías encargados de ejecutar la Operación cayeron sobre muchos villorrios donde aprehendían ilegalmente y torturaban a la mayoría de los habitantes -incluso a niños- que acababan por delatar a sus proveedores o compradores de droga.
Como principal efecto de la Operación Cóndor, se estimuló la producción de marihuana en otras regiones de México y sobre todo en Estados Unidos. En pocos años los cultivadores situados al norte de la frontera pudieron satisfacer la mitad de su demanda local; poco después, las dos terceras partes, y al cabo de los años les sobró producto para exportarlo a Canadá, por lo que se decía que el gobierno de Washington sólo había estado protegiendo a sus productores nacionales.
En cambio, el campo norteamericano era impropio para producir coca, y la sed irreprimible de los cocainómanos del país más rico del mundo creó un comercio de proporciones jamás registradas en la historia. En Colombia surgieron traficantes que viajaban a las cumbres andinas de Perú y Bolivia para comprar a los indígenas la producción de coca, que luego llevaban en hojas o en pasta a los laboratorios donde la convertían en toneladas de cocaína pura.
A los pequeños traficantes le siguieron los grandes señores del narcotráfico, entre los cuales podemos mencionar a: Cecilia Falcón en los años 70's, quién tenía un nexo directo con la Secretaría de Gobernación, que estaba bajo Mario Moya Palencia; luego sustituyó a Falcón una generación de audaces y despiadados hombres como Salcido Uzueta, (a quien apodaban Manuelito), que ordenó la ejecución de tal vez un centenar de colegas para tener el camino libre. Simultáneamente operaba Miguel Ángel Félix Gallardo (que tenía como protector al gobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis), que cometió la insensatez de matar a un agente de la DEA en Guadalajara a Enrique Camarena, que fue su perdición. Le sucedieron los hermanos Francisco Javier, Benjamín, Ramón y Javier Arellano Félix, que le disputaron el territorio a Joaquín Guzmán Loera, Alias el "Chapo". Su rivalidad con los Arellano tuvo la consecuencia del asesinato por "equivocación" del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.
El principal socio de Guzmán era Héctor Luis Palma, Alias "El Güero", otro sinaloense con historia similar a la del Chapo, cuya familia fue asesinada despiadadamente en Venezuela.
Le siguió Juan García Abrego, corpulento ranchero nacido en 1946 con acta de nacimiento expedida en Texas. Oportunamente García Abrego se alió al Cartel de Cali, y parece que llegó a introducir en Estados Unidos el 20% de la cocaína consumida en este país. En 1996, fue aprehendido y aprovechando su doble nacionalidad, fue inmediatamente entregado al gobierno de Estados Unidos. Le siguió Amado Carrillo Fuentes, "El Señor de los Cielos".
Un día en 1997, Carrillo Fuentes llegó a un sanatorio del D.F., para someterse a una operación de Cirugía plástica para cambiar de rostro. No se sabe a ciencia cierta que ocurrió, pero al cabo los periódicos publicaron fotos del cadáver del "Señor de los Cielos", supuestamente muerto cuando los médicos le aplicaban anestesia.
¿Qué ganaron todos aquellos hombres implacables con haber arriesgado la vida incontables veces, y haberse esforzado tanto para llegar a la cumbre del narcotráfico? Los que no estaban ya bajo tierra están en cárceles de alta seguridad, mientras que sus astronómicas fortunas han desaparecido en el agujero negro de la Dirección General de Bienes Asegurados, una dependencia de la Procuraduría General de la República. Y el país lejos de beneficiarse con las inmensas sumas recaudadas por los narcotraficantes, tenía que invertir mil millones de dólares anuales arrancados a los contribuyentes mexicanos, para pagar los policías y soldados que arriesgan sus vidas por evitar que la droga llegue al país con mayor número de drogadictos en el mundo.
A fin de cuenta se dice que el narcotráfico es la actividad más productiva de la historia, se le han atribuido ventas por 500,000 millones de dólares, una cifra superior a las ganancias de las cinco principales empresas del país de los Estados Unidos. ¿Qué pasaría si de un momento a otro se acabara con esta actividad y sus utilidades dejaran de ser inyectadas en la economía norteamericana? y ¿qué sucedería si los bancos dejaran de recibir las astronómicas sumas que, por la vía legal o ilegal, llegan a sus cajas fuertes y se destinan a financiar legítimamente el desarrollo del país?
Ha llegado el momento de analizar a fondo y calmadamente las ventajas y los inconvenientes del consumo de la droga en los Estados Unidos. Sin embargo, en este país siempre se han bloqueado las iniciativas que recomienda analizar las ventajas y los inconvenientes de legalizar el comercio de drogas, siempre y cuando el usuario sea mayor de edad y no perjudique a terceras personas.

Bibliografía:
«El Narcotráfico» de Armando Ayala Anguiano. Editorial Contenido.
«La Historia Secreta del Narco desde Navolato» de José Alfredo Andrade.
Editorial Océano.


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