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27/09/2017
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El México de mis recuerdos 1939-1945

Colección y Consulta

El México de mis recuerdos
(1939-1945)


Por: Enrique Elías


En todos aspectos, el período de la Segunda Guerra mundial fue formidable para México, pues nunca antes ni nunca después hubo progreso y desarrollo que se vio en esa época. La industria de la construcción en la ciudad capital, por ejemplo, sufrió una terrible escasez de materiales y mano de obra debido a los inusuales volúmenes de obra, entre las que podemos mencionar la Ciudad Deportiva donde se encuentran el Toreo y el estadio que hoy pertenece al equipo Cruz Azul de fútbol, la Torre Latinoamericana, los fraccionamientos Nueva Anzures, Chapultepec Morales, Polanco, Pedregal de San Ángel. Narvarte, Tecamachalco y la prolongación de las Lomas de Chapultepec para enlazar con la carretera a Toluca.

Con trabajo y dinero la población de la ciudad mostró una alegría sin precedentes, abarrotando los centros de diversión. Los teatros de variedad y sus actores gozaron de indiscutible popularidad, como lo fue el Teatro Blanquita donde se presentaban los tríos de Los Panchos y los Xochimilcas, así como María Victoria, la desnudista oriental Su Muy Kay, el cómico Borolas, y un popular cómico al que le decían que su cara parecía asiento de bicicleta.

A un costado del referido teatro se encontraba el famoso Salón México, alojado en un edificio de dos plantas. A nivel de la calle estaba la taquilla para los «caballeros», que eran los únicos que pagaban la entrada, y que abría hacia un vestíbulo donde había espejos que distorsionaban la figura: algunos querían verse como Don Quijote (largos y flacos), o los Sanchezcos (chaparros y gordos). En la planta superior, se encontraba una gran isla que era el bar, de donde se surtían varios productos consumibles a las mesas que rodeaban las paredes. En cada rincón del enorme salón había un conjunto musical que tocaba música independiente de los demás, sin que ningún sonido interfiriera con el de otro conjunto.



Estaba siempre repleto de gente y mucho se comentaban los anuncios de «prohibido tirar al piso colillas encendidas», pues podían quemar los pies de las damas. Ese salón de baile era muy democrático, pues igual se encontraba uno con algún obrero -todavía en overol de trabajo- como a alguien catrín «pachuco» al estilo del actor Germán Valdéz.



También estaban de moda el Teatro Lírico con Tongolele y el Teatro Fábregas (hoy Teatro de la Ciudad) cuyo atractivo era Agustín Lara con sus famosos intérpretes: Toña la Negra y Pedro Vargas. Este fue el teatro donde Palillo hacía serias críticas de políticos y normalmente terminaba en la cárcel.

La prosperidad del país se reflejaba en el comportamiento de la gente, pues la búsqueda de diversión en todos lados y por todo mundo, era evidente. Por doquier brotaron cabarets y clubs nocturnos que noche a noche trabajaban a cupo lleno, todos ofreciendo música viva para bailar, además de variedad. Los de mayor estrato social estaban en los hoteles Regis y Del Prado, ambos desaparecidos en el sismo de 1985, e iban bajando de categoría hasta llegar a los de barriada. De mayor popularidad estaban el llamativo Waikiki, enorme salón ubicado en Paseo de la Reforma, patrocinado por varones que buscaban la compañía de las «ficheras» que ahí trabajaban. En el mismo tenor estaban el «Río Rosa», en la Av. Oaxaca frente al toreo (hoy El Palacio de Hierro) y el «Bremen», en la colonia Guerrero.

Las orquestas de baile de mayor relieve eran las de Adolfo Girón, y de los directores y compositores Ernesto Riestra y Luis Alacaráz, así como la orquesta tropical de Dámaso Pérez Prado, con su famoso Mambo. De tríos: Los Diamantes, Los Panchos y Los Dandys. Como ellos un guitarrista y compositor, que poco tiempo después conquistó fama nacional, estaba José Alfredo Jiménez.


Por entonces, fue el Presidente Miguel Alemán quien desarrolló el puerto de Acapulco como lugar de recreo, inclusive invirtiendo en la construcción del hotel Hilton (hoy el Ritz) construido en la playa Hornos, frente al aeropuerto allí existente, violando los reglamentos vigentes que prohibían la invasión de las playas con construcciones civiles. Mientras tanto los famosos hoteles de esos tiempos, Las Hamacas y Papagayo se encontraban correctamente ubicados al otro lado de la avenida Costera. El progreso económico permitió que Acapulco se convirtiera en el centro vacacional que es ahora, y que los reglamentos se cambiaran para que otros hoteles también gozaran del mismo privilegio. En parte a la euforia que embargaba a la sociedad mexicana, y su inusual flujo económico, en ese período se permitió la apertura de casinos para juegos de apuesta, hasta entonces prohibidos, como atractivo para el turismo extranjero que fue raquítico debido a la guerra.

En el pueblo de Tacuba, exactamente frente al panteón Sanctorum, se estableció el Foreign Club, en un gran terreno arbolado, al que asistían adinerados mexicanos a perder su dinero. Al término de esa época de oro, la propiedad fue confiscada por el gobierno y convertida en la Central de Radio y Telefonía del Ejército. Más o menos en ese tiempo se construyó el Casino de la Selva en Cuernavaca, hoy en día controvertidamente transformado en un gran almacén comercial, pero antes y considerando que los apostadores agotados desearían pernoctar en la población, se incorporó un hotel en el enorme solar del casino. Es así que la entrada era una amplia calle con camellón, y a cada lado se extendía un largo edificio de dos pisos, donde se encontraban las habitaciones y suits del hotel.

La calle del Casino la cerraba un majestuoso edificio de arquitectura mediterránea con su escalera central que desembocaba en una gran terraza que servía de comedor y bar, más una pista de baile con orquesta permanente. Desde esa terraza se veían los lujosos autos estacionados, con sus choferes de librea. Lo que más me llamaba la atención, antes de que me corrieran, porque no se admitían niños, fueron los imponentes candiles, con sus enormes lágrimas de cristal cortado del salón de juegos.
En esos días no importaba a qué hora de la noche caminaba uno por las calles de la ciudad, nada le pasaría, pues en general esta era una época pacífica, segura y alegre, distinta a la que hoy vivimos.

Ahora yo me pregunto, si algún día volverá
esa calma y esa seguridad que se extrañan.


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