El bien y el mal: Gemelos - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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El bien y el mal: Gemelos

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El bien y el mal: Gemelos
Por: Jacobo Wapinski Monterrey, N.L
Levanto la ceja derecha en señal de duda mientras respondo a la pregunta: ¿azúcar y leche para su café? Poca leche por favor, respondo sin titubear. Tocante al azúcar, un diablito parado en mi hombro izquierdo susurra en mi oído su consejo de pedir dos cucharadas, un angelito en mi hombro derecho sugiere sustituto dulce. El primero viste de rojo, con bigote y cola largos; el segundo está cubierto por un manto blanco del cual salen dos alitas. Decido solicitar ambas, una de azúcar y una de substituto, acostumbrado a fallos salomónicos en casos dubitativos. La amable dependiente de la cafetería levanta ahora ella su ceja izquierda y acata mi extraño pedido, con el estilo de quien ve nacer un cliente excéntrico cada día.
Mi mente desocupada, ahora estimulada por cafeína, medita acerca del Mal y el Bien, temas estudiados extensamente por la religión, la ética, la ciencia, la filosofía en general. Sería pretencioso tratar de agregar una opinión más a una montaña formada durante siglos de cavilaciones acerca de la naturaleza del Mal, excepto notar como abrimos todas las mañanas los periódicos, prestamos ojos y oídos para recibir en TV y radio sus señales: robos, asesinatos, violaciones y guerra por uso equivocado de la fuerza; fraudes, estafas, traiciones e ideologías dogmáticas para manipular al otro; adicciones, obesidad, anorexia y suicidios por mal querernos.
Recientes programas televisivos surgen que captan la atención del público, Big-Brother, Survivor, Cristina, como antes lo hacían los diarios con su nota roja del amante asesinado de 50 puñaladas. Estas trasmisiones palidecen en comparación con el que nuestros representantes y administradores públicos ofrecen día a día; admirable tenacidad en practicar el mal gobierno con corrupción y engaños. Las empresas también se suben a este carro para mostrar competencia en el campo del mal negocio que lastima al cliente o al ambiente. Medicinas que no curan, árbitros de fútbol parciales, sacerdotes desviados...
Influidos por estos pensamientos, la sicología y ciencias sociales estudian comportamientos humanos en experimentos que revelan la presencia del Mal, como el realizado por Stanley Milgram en la Universidad de Yale en 1963. Los sujetos fueron instruidos a administrar una descarga eléctrica a un extraño en un cuarto adjunto, cuando éste no contestaba bien una pregunta. Los extraños eran actores que fingieron sufrir con el castigo, y la mayoría de los participantes cooperó a pesar de los gritos y expresiones de dolor de los actores.
La conclusión fue inequívoca: sujetos educados a considerar incorrecto dañar a otra persona contra su voluntad, en su mayoría están dispuestos a hacerlo. Con estos resultados se ha tratado de explicar la actuación irracional de gente ordinaria por presión de masas o de figuras con autoridad, como los nazis o en Ruanda, en las cárceles de Irak, la mafia o la policía. Recientes artículos sugieren mismas conclusiones, aún sin presión, como los escándalos de Enron, Madoff y Stanfford.
Otros estudios se han centrado en la falta de interés o apatía en situaciones comprometidas, como el asesinato de Kitty Genovese en Nueva York, cuyos gritos pidiendo ayuda fueron desoídos por sus vecinos, o los múltiples asaltos en México a plena luz del día y sin intervención de ciudadanos presentes. Además de mostrar indiferencia, poseemos mecanismos que tratan de explicar el mundo o a nosotros mismos de manera distorsionada. La temperatura del agua en una alberca con calefacción nos parece tibia en verano y fría en invierno, a pesar de ser constante. Pensamos que somos mejores conductores de carro que lo que nuestros acompañantes perciben. Asumimos que los dados caerán otra vez en siete, por tener la suerte de nuestro lado y desafiando las probabilidades, como el miedo a ser secuestrados o a sufrir un accidente aéreo, cuando un incidente automovilístico es mucho más factible. Negamos el efecto del tiempo sobre nuestras fisonomías aunque las notamos en los otros. A pesar de evidencia contraria, como al evaluar longitudes de una línea, nos conformamos a las opiniones de la mayoría en demostración de borregismo.
Parecemos cargar tres grandes lacras: la tendencia al Mal, la incapacidad de juzgar nuestro entorno y la sobre valoración de nuestras habilidades y motivaciones. Podemos apostar 100 a 1 que en lucha libre el Mal le arrancará la máscara blanca al Bien, obviamente por medios ilícitos. Simpatizaríamos con un Dios desilusionado que ahogara a sus criaturas en un diluvio universal. Sin embargo, un escrutinio científico mostraría que enfocarse en la mala conducta es sólo parte de la historia. Mal, falta o error, no pueden ser totalmente aceptados sin entender por qué los humanos con frecuencia actúan correctamente.
Entender no es justificar, pero serviría admitir que individuos mal portados en situaciones de estudio o de la vida real, por lo general no escogieron estar ahí, como el caso de soldados conscriptos. Existe también la tendencia de los experimentadores de buscar precisamente el Mal e ignorar otros aspectos, como hacen los medios con las noticias negativas, ya que el morbo es taquillero. Por ejemplo, la tendencia a obedecer la autoridad es mala cuando ordena matar seres inocentes, pero aceptada cuando ordena salvarlos, como fue el caso de soldados nazis confrontados por soldados aliados, o de policías contra criminales.
Existen experimentos demostrando que los demás piensan y actúan como nosotros mismos, para bien y para mal, una consecuencia matemática de que concordaremos con la mayoría la mayor parte del tiempo. Lo que nos lleva al famoso dilema del prisionero: imaginar que estás en una celda y tu compañero en otra, ambos sospechosos de haber cometido un crimen. El fiscal ofrece libertad si traicionas al compañero y él calla, tres años si ambos se delatan, un año si ambos callan, cinco años si el otro te delata. La respuesta esperada por los investigadores es traicionar al otro, que resultarían en el mínimo daño, libertad o tres años, menor que el daño de un año o cinco. Sin embargo, la mayoría decide cooperar con el compañero, porque asumimos que la gente reaccionará como nosotros. Quizá por ello hacemos actos como votar, aunque nuestro voto tiene influencia ínfima, y cooperamos en colectas, en desgracias de la naturaleza, en el bien colectivo.
"El hombre es malo desde su infancia", fue el veredicto divino en el libro del Génesis. Los sabios exegetas judíos vieron en esta condición una oportunidad y no un problema, una suerte de estrategia de mejora continua, muy socorrida en los negocios hoy día. El mismo impulso que busca el poder puede canalizarse para obtener comida y subsistencia para propios y extraños; el impulso sexual a la reproducción para poblar el mundo; impulsos narcisistas al que trabaja en la ciencia, el arte, la filosofía, el periodismo.
Dos parejas de hermanos se nos presentan en el relato bíblico: Caín y Abel, Esaú y Jacob. Ambos disímiles, mismos padres pero diferentes personalidades, proyectos y comportamientos. Caín envidia la preferencia que Abel recibe en el concurso de ofrendas a Dios y mata a su hermano. Jacob pretende ser su hermano Esaú y hereda el proyecto hebreo. Caín es el villano; Jacob el héroe. El primero actúa por impulso, el segundo controla sus emociones. Jacob lucha con el Ángel que le bendice con el nombre de Israel, "porque venciste a Dios". ¿Venció a su naturaleza, a sus impulsos?
El perro fiel o el cruel lobo son hermanos cuyo código genético esta preprogramado, como el de los hermanos bíblicos. La diferencia está en la posibilidad de cambio, de control, de modificación que ejercemos sobre nuestros impulsos, el efecto de la Cultura. Hemos progresado en nuestro camino hacia el Bien, aunque la meta esté distante, tal vez utópica.
Termino el último sorbo de café
y me aproximo a la salida, buscando a la dependienta.
Me despido deseándole un buen día;
ella me regala su sonrisa.

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