Destinos encontrados - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Destinos encontrados

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Destinos encontrados


Por: Zdenka Fantl Londres Inglaterra).
Traducción: Bedrich Steiner

Sucedió hacia finales del año pasado, en diciembre, pero la fecha no tiene gran importancia. Me invitó la universidad de la ciudad alemana de Kempen para dar algunas conferencias sobre el Holocausto para los estudiantes de la universidad, pero también para la gente en general de la ciudad. La sala era grande y se llenó con aproximadamente 250 participantes. Algunos se quedaron parados hasta atrás, pero todos fueron muy atentos.
Leí unos fragmentos de mi libro "Tranquilidad es fuerza, decía mi papá", libro recién traducido al alemán (In der Ruhe liegt die Kraft, sagte mein Vater). Es una autobiografía del tiempo que pasé en los cinco campos de exterminio a la edad de entonces de 19 años. Después de la lectura, siguió como de costumbre una hora de preguntas y respuestas. Cuando terminé, los participantes se retiraron y la sala quedó vacía. Estaba arreglando mis papeles para retirarme, cuando entró a la sala un hombre.
Todavía desde la puerta me preguntó si podía hablar conmigo y sin tardanza añadió que era muy importante para él. Era un hombre alemán de aproximadamente 56 años, de mediana estatura, de pelo corto y oscuro, y ojos grandes de color gris. Se le notó cierta inseguridad y también cierta insistencia y ansiedad. Se me presentó diciendo: «Me llamo Martín Borman».
Un nudo en la garganta fue mi inmediata reacción. Me sentí como si apareciera frente a mí alguien desde ultratumba. No puede ser; quizás sea su hijo -pasó por mi cabeza- a Martín Borman, después de la guerra se le declaró desaparecido y era el primer lugarteniente de Adolfo Hitler.
Leyó mi pensamiento y siguió sin interrupción: "No soy pariente de ninguna clase con Martín Borman, como podría pensar usted, se lo aseguro, es pura coincidencia de nombres -añadió para tranquilizarme-. Estaría muy agradecido si pudiera preguntarle algunas cosas".
Sin hacer la pregunta, metió la mano en su bolsa y sacó una pequeña fotografía y la colocó a la mesa frente de mí. A pesar de estar arrugada y maltratada por el tiempo, se distinguía en ella, la cara de una mujer de aproximadamente 25 años, rubia, labios delgados y fuertemente apretados. Rasgos y apariencia de fuerza y dureza.
«Es mi madre»- dijo. «Fue guardia de la SS en el campo de mujeres en Bergen Belsen."
En mi mente se proyectó la imagen de la llegada a Bergen Belsen. Y casi de inmediato escuché: «¿Usted la vio ahí, recuerda algo sobre ella, puede decirme algo?»
Estaba mirándome como un niño perdido, y sus ojos pedían ayuda. La foto no me decía nada. No me recordaba a nadie.
Lo siento -le dije- no la recuerdo. En el campo había muchas guardias. Otra vez recordaba yo las imágenes de ellas, las mujeres de la SS con látigo para caballos colocado en sus altas botas. Recordaba que trataba yo de evitarlas, me mantenía siempre atrás para evitar cualquier contacto. Sólo una vez me sacaron de la formación. Fue la jefa Irma Graese, que después de la guerra y del proceso de Nüremberg, fue condenada a muerte.
No, esta no es no le puedo ayudar - repetí.
Siguió mirándome como si hubiera perdido su última esperanza. Por lo que le pregunté: ¿Por qué lo quiere saber, por qué me pregunta si la recuerdo?
Se llevó sus manos a la cara y en los ojos delataba enigma y frustración, por lo que después me dijo: «Me enteré de esto hasta que tuve 50 años. Una señora me lo dijo, poco tiempo antes de su muerte. Si no lo sabes te lo digo, tu padre no fue tu padre y tu madre fue carcelera de la SS en Bergen Belsen."
Me miró con desesperación, agregando: «Fue para mí un choque del cual no me puedo recuperar».
Un rato seguimos en silencio y me animé a preguntar: ¿Su madre hablaba alguna vez sobre su pasado?... contestando que nunca, que nunca le había mencionado algo. Continuó diciendo: «Al final de la guerra, por el avanzado embarazo -ya en el séptimo mes- los ingleses la liberaron y yo nací en junio de 1945».
No fue así, esto lo sabía yo con certeza, pues según los documentos del Ejército Inglés, se sabe que más de la mitad de los carceleros de la SS huyeron, y nunca fueron capturados; nunca fueron identificados y se perdieron en el caos de la posguerra. Por el resto de sus vidas, hasta sus muertes, ocultaban su pasado.
Volví a inquirir: ¿Cómo se comportaba su madre?
«Fue estricta, callada, hasta taciturna. A menudo gritaba en los sueños. Yo le preguntaba a mi abuela, su mamá... ¿por qué grita cuando duerme? Sabes, fue la guerra, cayeron las bombas, tenía miedo. Eso regresa, me decía».
Hoy Martín Borman sabe que eran otras las imágenes que regresaban por la noche a su madre. Imágenes que venían solas y las cuales no se podían quitar. Imágenes y visiones grabadas para siempre en la mente y en el alma de su madre. Imágenes que nunca desaparecieron, hasta el día cuando se murió de cáncer siendo todavía bastante joven.
-¿No le molesta que se lo platique?
-No, para nada; sí me interesa su relato- le dije.
Sabemos poco de esta gente, de estos carceleros, mujeres y hombres. Nada sabemos de ellos, casi nada. Cómo llegaron a este trabajo. ¿Voluntariamente ? ¿Fueron por sí solos u obligados? ¿Por interés material, por la paga? ¿Por convicción ideológica?... Qué los mantenía en ese trabajo tan cruel, mes tras mes, año tras año... Qué pensaban, qué estaban pensando cuando todo se terminó... Qué pensaban todo el tiempo después de la guerra... Cómo arreglaron su mente y su conciencia... ¿Se olvidaron?
Al mismo tiempo pensaba: ...¿Tenían intranquila la conciencia, confesaron sus crímenes al menos en el lecho de su muerte, hicieron paces con Dios, o se llevaron sus secretos hasta la tumba ?...Yo no lo sabía. Tampoco él lo sabía y probablemente nunca lo sabrá.
En el momento, cuando estábamos parados en la gran aula vacía y casi en la oscuridad, tenía la visión de que me estaba viendo a mí misma y a él como desde afuera. Como en una toma de película. Dos personas frente de mí que personifican unos símbolos de tiempos pasados. Tiempos que sí pasaron, pero adentro de nosotros, este tiempo sigue y perdura. Se queda dentro de nosotros y con nosotros.
Frente de mí Martín Borman, perteneciente a la raza superior, que quería dominar al mundo; un hombre infeliz, quebrado en su cuerpo y en su alma. Si bien él mismo es inocente, él también es víctima del nazismo y Hitler marcó su vida.
Frente de él estoy parada, una sobreviviente de una raza condenada al exterminio, hoy erguida, fuerte y sana, alegre y bendecida con la victoria final.
Nos despedimos. Le di la mano y le dije que mejor no tratara de indagar sobre el pasado de su madre.

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