Buscando la tumba de mi abuelo - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Buscando la tumba de mi abuelo

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Buscando la tumba de mi abuelo


Por: Bedrich Steiner

No conocí a mi abuelo paterno, ni siquiera tengo su foto, pero me hablaron mucho de él. No lo conocí porque murió antes de que yo naciera. Él era un buen hombre, una persona en aquel tiempo muy respetada e importante en su círculo local. Así me lo platicaron y así me lo confirmó también otra persona, un hombre que no lo conoció personalmente, pero que le debe la vida. Suena algo raro eso de no conocer a alguien y a la vez deberle la vida, pero es cierto.


Sucedió que mi abuelo salvó la vida del padre de esta persona. Y queda claro que sin el padre tampoco pudo nacer el hijo; y que, por el contrario, estando muerto el padre tampoco hubiera podido existir el hijo, que es quien me relató la siguiente historia.
Pero antes tenemos que ubicarnos. Mi padre nació en el siglo veinte, en el año de 1900, y mi abuelo, calculo yo, unos treinta y tantos años antes: alrededor de 1868. Era mayorista en el negocio de carbón y vivía en un pequeño pueblo del suroeste de Bohemia, donde pasaba el ferrocarril. Por cierto que ahí, entre Ceske Budejovide (Budweiss), en Bohemia, y Linz, en Austria, era entonces Imperio Austro-Húngaro, corrió el primer ferrocarril de la Europa continental: el primer tren después de las islas británicas. La importancia de este pueblo radicaba precisamente en su estación de ferrocarril, que era a la vez un cruce -mejor dicho- un punto donde se dividía en dos la línea del tren; la primera para el sur y la otra para el noroccidente.
El carbón, en aquella época era lo que hoy es el gas, la gasolina o la electricidad. Era la fuente principal de energía desde hacía mucho tiempo. Especialmente en un país que tenía grandes minas de carbón y también una densa red ferroviaria. Y mi abuelo vivía cerca de la estación donde tenía su bodega o, más bien, un lugar a cielo abierto donde se descargaba el carbón de los furgones. Ahí llegaban los campesinos y la gente de los poblados aledaños con sus carretillas y carretas para abastecerse de carbón, tanto para su vida cotidiana como, principalmente, para pasar el largo periodo invernal.
Mi abuelo conocía los poblados de los alrededores y era conocido en todos ellos. Vendía, cobraba, fiaba, y a la vez escuchaba las historias de todos, como era costumbre en aquel mundo chico de antaño. En 1918 se firmó el armisticio y terminó la Primera Guerra Mundial. Mi padre, se había salvado del reclutamiento obligatorio por su edad, ya que no había cumplido los dieciocho años. Fue igual de afortunado que otros, chicos y grandes, que lograron salvarse de esa carnicería. Todos se daban cuenta de los horrores de la guerra al observar a los soldados mutilados, heridos y maltratados que, al regresar de los diversos frentes de batalla, pasaban en los vagones por aquella pequeña estación de ferrocarril.
En la Europa Central se formaban nuevos estados. Todo el continente era un hervidero: en Alemania, la inflación galopante; en el Oriente, la Revolución Rusa; en todas partes falta de alimentos y mercado negro. Anarquistas, socialistas y revolucionarios formaban el cóctel de la posguerra. Así, por la estación donde trabajaba mi abuelo pasaban diariamente los trenes cargados con soldados que regresaban del frente diezmados, empiojados y enfermos de tifoidea; pero sobre todo aquejados por la "gripa española", que fue la epidemia y plaga de esa época.
Un día pasó un ferrocarril en el que viajaba un pariente y soldado muy enfermo de aquella gripa. Enfebrecido y delirante, era uno de los tantos contagiados. De inmediato mi abuelo lo bajó del tren y lo llevó a su casa. Con tiempo y cuidados, el joven salió bien librado de la enfermedad, pero no así mi abuelo, que falleció poco después tras ser infectado por ese mal. Mi padre tenía entonces dieciocho años de edad. Esta historia me la platicó el hijo del soldado que mi abuelo salvó de aquel tren para hospedarlo en su casa, y que entonces aún no había nacido.

Casi noventa años después de aquellos hechos, cuando andaba yo por esas tierras, me dio por buscar la tumba de mi abuelo. Los cementerios judíos eran ubicados, siguiendo algún precepto religioso, siempre bastante afuera de las poblaciones, y éste se encontraba casi a la mitad del camino entre uno y otro poblado. Seguramente también porque daba servicio a varias comunidades. Las poblaciones estaban alejadas entre si y la densidad y concentración eran bajas. También eran pocos los judíos en esas regiones: algo menos de uno por ciento de los habitantes. (Pienso que hoy seguramente no hay ni una sola alma judía en esas latitudes).
Los cementerios, ubicados siempre lejos de los poblados, estaban por lo general sobre una colina, lo más lejos posible de los arroyos y riachuelos, que siempre corrían por abajo -también siguiendo algunas costumbres religiosas e higiénicas ya centenarias. Después de preguntar a varias personas, alguien nos indicó la dirección del cementerio y salimos en su busca. No es fácil hacerlo en la campiña, pero hacía buen tiempo y después de andar arriba y abajo una y otra vez, finalmente en una colina lo encontramos. Estaba más lejos de lo que esperábamos, calculo que unos 10 km fuera del poblado. Dejamos el auto a la orilla del camino y subimos por una angosta vereda que apenas se notaba entre el pasto bastante crecido.
Situado en una colina, rodeado de una pequeña barda de piedras con algunos árboles alrededor y adentro, se encontraba el pequeño cementerio judío, de unos 40 por 50 metros. La puerta estaba cerrada con cadena y candado, pero fácilmente brincamos la pequeña barda. Era obvio que no había muchas visitas por ahí: el pasto y la hierba descuidados cubrían las tumbas. La última señal de algún recuerdo era un monumento colectivo de los años cuarenta, erigido para recordar a las víctimas de la Shoá. Las lápidas que quedaban estaban algo inclinadas y eran todas de piedras muy blandas y corrientes; los nombres y textos más antiguos, ya poco visibles, databan de los años de 1840-1850. No quedaba ninguna lápida bonita. Muchos espacios estaban vacíos. Aquello era un total abandono. Algunas lápidas con inscripciones en hebreo y alemán, otras en hebreo y checo... Y la tumba de mi abuelo, como supongo muchas otras, ya no existía.
Bien tenía razón la última persona a quien le preguntamos en el pueblo por el cementerio judío; nos contestó: "¡Ah sí, la tumba del Sr. Steiner, el que tenía una lápida de mármol rosado muy bonita. La recuerdo bien... Sí, pero esta ya no está. Ya se la llevaron".

Ahí terminó la búsqueda del lugar de descanso
de mi abuelo paterno,
al que no conocí y del cual ni siquiera tengo una foto.
Un buen hombre al que no sólo yo le debe la vida.


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