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27/09/2017
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Armas Invisibles

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Armas Invisibles


Por: Bedrich Steiner

«No hay nada nuevo bajo el sol». Este proverbio también podríamos aplicarlo a las tan temidas armas biológicas. Si bien es cierto que nunca han llegado al nivel que tienen en la actualidad, donde se juega la existencia de la humanidad, esas armas biológicas se remontan desde la antigüedad. Ahora son solamente más desarrolladas, insidiosas, mortales y masivas.

En el pasado con hondas se lanzaba materia fecal a las ciudades sitiadas. Así mismo carroña y restos de animales descompuestos. Los antiguos Griegos y Romanos envenenaban los pozos de agua y manantiales con cadáveres humanos y de animales. También en Crimea -en el tiempo de asedio- los Tártaros introducían a las ciudades, cadáveres de humanos muertos por la peste, doblegándose ciudades por la epidemia.
Los historiadores indican que esas epidemias se extendían por toda Europa, principalmente por los comerciantes genoveses. La ciudad de Kaffa (hoy Fedosie), fue el principio de la gran epidemia de peste en la mitad del siglo IV, que mató a más de treinta millones de personas en Europa.
En tiempos modernos, Japón usó las armas biológicas en el año 1940 en la guerra contra China. Los Japoneses lo admitieron hasta hace poco, sin embargo no proporcionaron más detalles. Antes de esto, en el año 1917, fue detenido al norte de Noruega el barón alemán Otto von Rosen, quien traía consigo cuadritos de azúcar con ántrax. Planeaba infectar a los caballos y renos, animales usados para el transporte de armas entre Noruega y Finlandia.
Se tienen datos de que una unidad especial japonesa con el número 731, fue establecida en el año 1939 y practicó extensos experimentos en los prisioneros de guerra y civiles Chinos, Mongoles y Americanos. Las víctimas fueron infectadas con tifo, viruela negra, cólera y otras enfermedades.
Por otro lado, los Estados Unidos consideraban la guerra bacteriológica como inaceptable e inmoral, pero también se preparaban para su uso eventual. Principalmente se consideraba la posibilidad de respuesta, pero en ningún momento se pensaba o planeaba como arma de ataque. Esto documenta también los relativamente pequeños financiamientos asignados para este fin (2.5 millones de dólares al final de la segunda Guerra Mundial).
Los Alemanes también hicieron experimentos con armas biológicas, a pesar que Hitler lo prohibió en el año 1939. Una débil explicación de los historiadores, es que Hitler tenía pavor ante este tipo de armas, probablemente consciente de la respuesta y también porque experimentó en carne propia el ataque de gases tóxicos en la primera Guerra Mundial. A pesar de esto, el jefe de la Gestapo Heinrich Himler fundó un laboratorio en el año 1943 para el desarrollo de las armas bacteriológicas. Se planeaba llevar ratas infectadas con virus mortales a las costas americanas. Para esto se utilizarían los submarinos alemanes. Los planes fracasaron por tardíos y mal llevados.
La Unión Soviética empezó con similares estudios, un año después del final de la guerra y a pesar de varios desmentidos y negaciones, terminaron con ellos hasta el año 1972 cuando el Kremlin ratificó una convención internacional sobre el desarrollo, fabricación y almacenamiento de armas bacteriológicas y tóxicas. El acuerdo nunca se cumplió cabalmente y el desarrollo siguió hasta los años noventas.
Una isla en Aral (Kazakstán) hoy está abandonada y desierta. La isla y su descompuesto laboratorio se consideran como territorio prohibido e infectado con mortales bacterias. En Sverdlovsk, en el año 1979 -hoy otra vez Yekaterinburg-, murieron cientos de personas cuando se escapó una nube mortal de ántrax de un laboratorio militar llamado «Objet 19».
El mundo se estremeció en el año 1995, cuando se publicó la noticia sobre la secta japonesa «Om Shinrikó» que planeaba acciones bioterroristas. En sus almacenes se encontraron grandes cantidades de material destinado al cultivo de patógenos, ántrax y botulotoxinos. Tenían hasta un avión adaptado para la dispersión del aerosol con estas substancias. En el proceso judicial salió a la luz, que entre 1990 hasta 1995, hubo ocho intentos de expandir el ántrax y botulotoxin en las calles de Tokio y Yokohama.
Según las informaciones de los órganos de inteligencia, en la actualidad poseen armas biológicas los siguientes países: Rusia. Irak, China. Siria e Irán. Es posible que también Egipto, Taiwán y Libia.
El uso de estas anuas se cree posible en regímenes totalitarios, fanáticos o fundamentalistas, por lo que dichas características se están tomando más en serio. Los devastadores efectos se consiguen sólo en grandes concentraciones humanas y su forma de difusión puede ser en agua, y los ductos de calefacción y ventilación en grandes edificios; no se descarta su uso en grandes zonas de abasto de alimentos.
Su aplicación se hizo patente, después de los ataques suicidas a las torres gemelas en Nueva York, produciéndose varios casos de ántrax, que aunque la mayoría fueron detectados, demuestran una vulnerabilidad de cualquier país, independiente a su grado de desarrollo.
Se considera difícil detectar la fabricación de este tipo de armas, pues cualquier laboratorio lo puede lograr. Su dificultad estriba en los conductos para su dispersión y las cantidades que deben fabricarse para que sean efectivos; para ello se necesita una mayor tecnología y equipos, que en muchos casos se considera financieramente difícil de conseguir sin detectar, salvo por organismos gubernamentales muy sofisticados.

Este tipo de armas, cínicamente se les llama
«las bombas atómicas de los pobres».


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