Alberto Hemsi, mi padre*s - Intelecto Hebreo

Son las:
27/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Alberto Hemsi, mi padre*s

Colección y Consulta

Alberto Hemsi, mi padre


Por: Allegra Bennoun-Hemsi
Tomado de «La Lettre Sepharade»
Traducción del Ladino: Jacobo Contente


¿Cómo le dio la idea a mi padre
de recopilar el folclor judeo-español?



Desde que yo era niña, escuchaba con atención lo que él me decía de su niñez. De niño le agradaba la música y veía que tenía gusto por ella, por lo que cuando estaba en Izmir en la Filarmónica judía, ganó una beca para estudiar en el Conservatorio G. Verdi de Milán, Italia. La beca también incluía los gastos de viaje.
Para poder viajar solo tuvo que hacer un pasaporte con tres años más de edad de los que tenía. Llegando a Italia, lamentablemente lo sorprendió la guerra y tuvo la obligación de ir al frente (porque tenía nacionalidad italiana). Fue herido en el brazo derecho y estuvo en el hospital de Milán por dos años.


"Cantiga de Boda"
(A Capela)
Arreglo:A. Hemsi
Coro de Cámara Ainur
Dir: Maricola Rodríguez

Cuando sanó de sus heridas, regresó al Conservatorio para continuar sus estudios; así fue que estuvo siete años lejos de su familia. Su madre estaba desesperada de no tener novedades de su hijo y no sabía que hacer. Fue tal su desesperación que Alberto a los 11 años de edad, acudió a una adivina turca para que le leyera el café y averiguar si veía a su hijo vivo y sano. La adivina le informó que estaba huyendo y enfermo pero que regresaría pronto a Turquía, sano y salvo.

Efectivamente mi padre retornó a su hogar entre llantos de alegría y abrazos. Su abuela estaba tan contenta que empezó a cantar algunas canciones de bienvenida en Ladino.

Al escuchar mi padre estos cantos, pensó que cuando su abuela muriera no iba a quedar nada de esas letras y melodías, si no se escribían de inmediato. Así fue que tuvo la idea de recopilarlas como un precioso capital del folclor judeo-español. A continuación se dio a la tarea de recopilar algunas letras, romanzas y canciones que otras personas de edad sabían, escribiendo letra y música que posteriormente dio a conocer en una gran obra que llamó «Coplas Sefaradíes».

Poco tiempo después de regresar a Turquía y al ver que no podía ser concertista por los achaques que aún tenía en su brazo, el gobierno italiano le propuso un puesto de oficina en el Consulado de Izmir, pero nunca dejó de buscar nuevas piezas que le transmitían en su mayoría personas de edad avanzada. Él mismo iba de casa en casa y si no era la madre era la abuela o la hija que cantaban una y otra vez hasta que quedaban las piezas debidamente registradas en sus apuntes.

Poco tiempo después lo enviaron a Rodas, y para sorpresa de él encontró un sinnúmero de romanzas y canciones que desconocía. También pudo dar lecciones de piano a hijas de familia, conociendo así a mucha gente que le ayudó en su búsqueda del folclor sefaradí. Al mismo tiempo su fama como profesor de piano fue creciendo entre todas las familias judías de Rodas.


Ahí fue donde encontró y casó con mi madre, hija de Rubén Cappeluto y al poco tiempo de haberse casado le propusieron un puesto de profesor de música en la ciudad de Alejandría. Esto sucedía en los años 30's, dedicándose por completo a la música y a la tarea de recopilación que tanto le gustaba, pues en Egipto también había judíos de origen sefaradí que sabían otras piezas que él registró. Esa búsqueda lo llevó también a Selanik, Anatolia y Oriente de Estambul.

Una vez establecido en Alejandría, empezó a escribir los acompañamientos para las melodías que ya tenía. Cuatro años después nací yo, según decía mi nacimiento le trajo suerte pues en el mismo año encontró a una magnífica cantante que dio un gran concierto de las coplas y canciones que él recopiló, siendo dicha presentación todo un éxito.

Me acuerdo siempre que mi madre me decía «no hagas ruido cuando juegues porque tu padre está componiendo». Él pasaba días enteros en su recámara donde tenía un piano y tan sólo salía para comer. Cuando veía la puerta cerrada me sentaba junto a ella para escuchar su música y su canto, algo que hasta la fecha recuerdo con emoción, como también recuerdo a mi abuela, a quien le gustaba cantar con una hermosa voz esas canciones en judeo-español y algunas más en turco. Por cierto que en muchas ocasiones ella corrigió a mi padre, pues decía que así no era la tonada o la letra de tal o cual canción. Por ello uno de sus libros de coplas lo dedicó a su madre.

Mi madre también cantaba y en ocasiones entraba a su estudio para llevarle un poco de café y algunos cigarrillos; pero muchas veces fue el pretexto para que junto con su suegra cantaran a dúo esas canciones que conocían de Rodas. Mi padre las escuchaba con atención y así ajustaba diversas versiones de la misma canción. Al mismo tiempo su trabajo en el colegio donde trabajaba, tuvo éxito pues formó un coro de alumnos, que no sólo daban recitales en el plantel, sino que se presentaron en muchos lugares de Alejandría, incluyendo su actuación en algunas bodas grandes, donde se sumaban violinistas, violonchelistas y algunos cantores famosos.

A esas bellas ceremonias de vez en cuando me llevaba, por lo que le dije que cuando me casara tendría que hacer un programa musical similar; por lo que algunos años después fue mi turno, viendo con sorpresa que mi padre no había olvidado mi solicitud, con la gran sorpresa de que muchas de las melodías eran nuevas y dedicadas a mí. Algo que agradecí a mi padre con lágrimas en los ojos.El tiempo pasó y esa hermosa vida que teníamos en Alejandría cambió, pues los eventos del Canal de Suez (1957) provocaron expulsiones de las colonias francesa, inglesa y la judía.

Recién casada salí junto con mi esposo hacia París y al poco tiempo llegaron mis padres y mis dos hermanas. Mi padre por aquel entonces contaba con 60 años, pero aún tenía fuerzas para trabajar, por lo que encontró un trabajo similar al de Alejandría en la Comunidad Sefaradí de Francia, propiamente en los templos «La Roquette» y «Berith Shalom».

Hasta su muerte en 1975 dio clases en el Seminario Israelita de París y preparó a muchos cantores de sinagoga. También tuvo la oportunidad de inscribirse en un concurso en el que se pedía una obra musical para dos pianos. Aunque él no contaba con ningún piano en su casa, todas las noches después de la cena se sentaba durante muchas horas frente a la mesa de la cocina para cumplir con el certamen. Cuando se dieron los resultados del concurso, mi madre, mis hermanas y yo, no cabíamos en nuestra alegría al saber que había obtenido el primer lugar. Este hermoso recuerdo lo siento tan intenso como si hubiera ocurrido apenas el día de ayer.

Regreso al contenido | Regreso al menu principal