Albert B. Sabin - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Albert B. Sabin

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Albert Bruce Sabin

Por: Manuel Levinsky

Este gran investigador cuya vacuna lleva su nombre, ha protegido a millones de personas del mundo entero contra la poliomielitis, principalmente a los más afectados que han sido los niños. En cierta ocasión, en su despacho de Presidente del Instituto Weizmann de Ciencias, en Rehovot, Israel, recibió a una delegación de científicos quienes le preguntaron: ¿Por qué tienen que matarse los pueblos y las naciones? y Sabin respondió: "No hay ninguna razón para que lo hagan. Pero lo hacen porque tienen dirigentes que los guían por caminos equivocados. He hablado con muchos de ellos y todos coinciden en que quieren la paz, pero...

Debemos descubrir las causas y razones de ese "pero". No creo que esté en la naturaleza humana matarse unos a otros. No podemos utilizarla corno excusa. La ciencia y la tecnología deben usarse para redimir al hombre, no para destruirlo. El mundo no podrá sobrevivir si un tercio de la humanidad vive en la opulencia y dos tercios están padeciendo hambre y se baten en la miseria".

Cuando Albert B. Sabin aceptó regir los destinos de esta importante institución investigadora, dejando atrás trabajos y cátedras de la Universidad de Cincinatti, tal actitud acaparó la lógica curiosidad de mucha gente. Nadie podía comprender lo que más tarde el mismo Sabin explicaría: “Estas funciones que se me han confiado, me permitirán participar de alguna forma en este admirable capítulo de la historia judía que se forja actualmente en el Estado de Israel. Este país está jugando un importantísimo papel tanto en el campo científico como en su desarrollo económico y cultural. En sus grandes laboratorios, en los severos gabinetes de experimentación, se han ido plasmando los sólidos pilares que sostienen la arquitectura de nuestra moderna investigación".

Quienes han contribuido a tal propósito después de haber consumido jornadas agotadoras ante el humedecido lente de un microscopio o han devanado su cerebro frente al río de las fórmulas inexorables, han sido benefactores que tarde o temprano merecen el reconocimiento de la posteridad.

Albert Sabin es uno de ellos. La humanidad ha contraído una deuda de gratitud hacia ese sabio y hombre íntegro que logró liberar al mundo de las flamás terribles que azotaba implacablemente a los niños. Este investigador además de científico es también filósofo, el consejo que hace suyo y que suele dar a los jóvenes, es: "Vive cada día como si pudieras vivir eternamente...pero al mismo tiempo vive cada día como si fuera el último. Si lo vives como si la vida fuese a durar eternamente, lo planificarás todo y te sentirás siempre dinámico, joven y con el deseo de realizar cosas… Pero si además tomas conciencia de que cada día puede ser el último, adquirirás una mayor humildad, una mayor bondad".

En 1969, Sabin visitó México y tomó parte en un simposio sobre "Aspectos Moleculares de la Organización Biológica". En aquella ocasión a preguntas de un periodista sobre su nacionalidad, contestó: "Soy ciudadano del mundo, porque la ciencia no tiene patria. La ciencia de hoy es un instrumento para el bien o para el mal. Puede aportar bendiciones a la raza humana y puede acarrear su destrucción".

El hombre ha sido desde épocas inmemoriales un eterno inconforme. Un afán de crear y vencer los más tenaces obstáculos que interferían en su camino, lo ha llevado a través de centurias a los más notables adelantos.

Hombres y voluntades -conjugados en una misma comunión de esfuerza han hecho posible, ante los más adversos designios de la naturaleza, el milagro de las grandes ciudades, de los mecanismos más complicados, de las conquistas científicas más audaces.

Sobre la investigación del cáncer, Sabin informó a un grupo de corresponsales: "Es evidente que los hombres de ciencia de todo el mundo están dedicando sus mayores esfuerzos al problema del cáncer y que Israel es uno de los centros mundiales donde puede surgir su descubrimiento capaz de darle a esa lucha un impulso dramático. Vale la pena concentrar nuestros esfuerzos en este terreno".

Al referirse a este extraordinario científico, el escritor Alberto Liamgot expresó en su libro acerca de Albert B. Sabin lo siguiente: "Ya sea que se encuentre aislando anticuerpos de virus o inaugurando las sesiones de algún simposio o participando en conferencias internacionales, posee una imagen inconfundible. Donde quiera que esté, la gente lo reconoce y lo hace objeto de muestras de simpatía. Es el precio que debe pagar a la popularidad.




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